
GRILLED SHRIMP PASTA (Entre el insilio y el exilio) - Un cuento corto.
Por José Prats Sariol, 07/04/99
Las antiguas injusticias se iban reparando, las nuevas injusticias
comenzaban a perpetrarse.
Milan Kundera, El libro de la risa y el olvido.
La entrada al Hops Restaurant-Bar-Brewery deslumbra su letrero de Welcome
como la misma catarata de autos que se desplaza por la avenida de Pembroke
Pine. Las luces apenas confunden a la masa de adiestrados durante la noche
de viernes, en la cola para recoger las tarjetas electrónicas que le
avisarán la llegada de su turno. La portera regala una sonrisa impresa, de
logotipo entre sus pómulos de pecas como confetis. Enseguida se la da al
trío cuando lo ve aproximarse a la puerta, antes de repetirle el disco:
—We are here to please you. We want to attend to your every need, make your
pace our pace, your style our style, and any special request an opportunity
to please you.
David mira a su suegro con la incertidumbre de si el precario inglés del
viajero cubano era apto para metabolizar el mensaje. Pero enseguida tiene
la impresión de que ha comprendido la idea de la anfitriona, aunque algunas
palabras se le quedaran colgadas del oído. Marta sonríe, sabe que su padre
aparenta un inglés de Oxford, más exacto que el Webster's Dictionary. La
pareja ignora, sin embargo, que Fernando está en otro sitio, en otra
entrada, en cómo arribar al tema que sabe inevitable, que rechinará en la
sobremesa como un paquete de municiones que se desparrama sobre los platos
y las sobras, los cubiertos y los vasos. La pareja no sabe que él está a
puente entre el insilio y el exilio, que ha tomado una decisión...
—¿Pasamos al bar? —pregunta Fernando.
—Deja que David vaya a ver si hay sitio. ¿Puedes ir al bar, bobito, please?
—Los yernos pueden ser útiles, encantadores, maravillosos... Está aprobando
todos los exámenes. Te lo juro.
—¿En serio, papi? Si no te conociera...
Fernando sonríe por primera vez desde que se bajaron del Explorer de la
Ford que la pareja ha empezado a comprar días antes de que él arribara de
La Habana. Sabe que su hija está pendiente de sus reacciones, que sigue
hasta los gestos más involuntarios como si fueran señales de aprobado o
suspenso. Comprende que la imagen de prosperidad no se la puede romper, que
no tiene una gota de derecho a desgarrar el cuadro. La mira como cuando
tenía tres o cuatro años, después del divorcio, cuando la cargaba dormida
sobre su pecho para llevarla de regreso al Sevillano, en una ruta 13 donde
no siempre le cedían el asiento. La toma por el antebrazo antes de
responderle:
—Parece que la educación de emigrante influye a favor de David. La madre
irlandesa, el padre hijo de alemanes... Recuerda que en Irlanda predomina
el catolicismo, como en Cuba.
—Pero sin Ochún y Yemayá.
—Deben tener otros dioses, no te confíes. O a lo mejor son fuertes en
espiritismo. ¿Quién sabe cuál será la mezcla de ellos? Para no hablar de
los alemanes y Odín. ¿Tú sabías que las culturas occidentales excedieron en
irracionalidad a las culturas simbólicas de Africa? ¡No creas nunca todo lo
que los libros europeos dicen, y mucho menos cuando hablan de nosotros!
—Por allá vuelve David.
—Tal vez consiguió banquetas en el bar.
—¿Le has hablado mucho de Cuba?
—Claro, pero lo importante es que su español sea fluido, que aprenda más
palabras.
—Y que tú perfecciones el inglés, sobre todo la pronunciación.
—El acento latino nunca se me va a quitar, además de que soy trigueña,
además de que no me da la gana.
—Haces bien, supongo. Tus hijos no tendrán el enredo: perfecto inglés.
—También por eso quiero que te quedes. ¿Quién mejor que tú para que
aprendan español? Serán bilingües.
—No, chapurrearán el español, lo usarán algunas veces en la casa, en
Nochebuena o Año Nuevo. Lo tendrán como una reliquia familiar, salvo cuando
crezcan y tal vez lo necesiten en su trabajo, somos la segunda lengua del
planeta.
—¿Y es tan importante?
—Creo que sí... Ya llega David.
—Por favor. Asientos. Ir.
—Okey, adelante.
La abigarrada decoración, entre taberna del Oeste y pullman neoyorquino, es
una exacta síntesis del confort yanqui. El diseño, muy racionalista,
distribuye los espacios con perfecto sentido de la distribución. Es
simultáneamente ceñido y holgado, familiar y protocolar. Nadie interfiere,
ni en los pasillos que van hacia la cocina. Allí, tras los cristales, el
corazón del Hops parece una máquina de Chaplin donde cocineros, pinches y
camareros funcionan como robots. Todo tiene la misma calidad estándar de la
cerveza que elaboran o parecen elaborar al fondo, detrás de una vidriera
que deja ver los bidones de bronce y el juego de serpentines.
Sólo hallan dos banquetas, Marta ocupa la de la esquina y David insiste en
que Fernando ocupe la otra. El barman, de nariz ganchuda, les pregunta
enseguida qué van a tomar. David sugiere probar la cerveza Lightning Bold
Gold o la más fuerte: Hammerhead Red. Se deciden por la última, de color
ambarino. Ordenan también una ración de Ultimate Nacho para picar. Pronto
llega el pedido:
—¡Salud!
—Por la llegada de mi papá.
—Porque ustedes sean felices.
—Fernando, ¿gustar?
—Deliciosa, debe de ser la tradición de los emigrantes alemanes. En Cuba
también se fabricaba una cerveza así, oscura, pero me parece que tenía más
alcohol, era más densa. ¡Peligrosa! No sé si ahora la hayan vuelto a
sacar...
—Será en dólares, ¿no?
Fernando en lugar de contestarle a Marta prefiere mirar para el techo,
encogerse de hombros. Responder es complicarse entre argumentos que
derivarían la conversación hacia la política, hacia la confrontación, hacia
los virus que apagarían la velada. Prueba la tortilla mexicana, sumergida
en la salsa de chiles picosos, bebe otro trago largo de cerveza, y dice:
—La fabrican muy bien, con el amargor exacto. Tuviste una idea fenomenal,
David, el lugar es acogedor y el servicio de una rapidez increíble para una
cubano de Cuba.
—¿Haber cubanos no Cuba?
—Los dos millones que viven fuera, tal vez muchos de sus hijos, algunos
nietos que se sientan de allá, que aprendan el idioma, las costumbres...
—¿Todos somos cubanos, no papi?
—Por supuesto, lo que para nada significa que estemos de acuerdo, porque
entre otras razones sería muy aburrido.
—Sí, pero allá hay gentes que no consideran cubanos a los que abandonamos
el país.
—Malos cubanos lo mismo los hay dentro de la Isla que fuera, no creo que el
sitio determine la honradez de una persona. Extremistas también hay aquí, y
en Miami ni se diga. Tal vez debamos acostumbrarnos todos, pero de verdad,
a convivir con personas que no piensan igual que uno, insiliados o
exiliados.
—Yo estar acuerdo con tu papá. United States of America ser país exilio.
Todas partes venir —responde David, con lo que da a entender, entre las
sonrisas de su esposa y su suegro, la comprensión de sólo una parte de lo
que acaba de oír.
—¿Y por qué mejor no hablamos de ustedes, de sus proyectos?
—¡Ay, papi, ahorita no vamos a poder conversar de nada! Bueno... Pensamos
acercarnos al laboratorio. Rentar o alquilar el apartamento del condominio
y dar el down para una casa en Boca Ratón.
—Ahorrar una hora diaria, you now? Tiempo ser money.
—Y salud y menos riesgo en las autopistas y posibilidad de emplear esa hora
en nadar, no sé, leer... ¿Han hecho alguna gestión?
—Hablamos con un corredor, quedó en avisarnos la semana que viene. Y fuimos
por un nuevo reparto en Boca Ratón que nos encantó, aunque el precio de la
entrada es muy alto.
—Dar escoger más treinta modelos vivienda.
—Como en Cuba, ¿verdad, papi?
—Deja que se descubra petróleo de verdad, oro, diamantes... Aunque el
turismo va muy bien, las nuevas empresas mixtas...
—Y las remesas familiares ayudan mucho.
—Vivienda familiar, nuevo. ¡Mucho contento!
El timbre de la tarjeta electrónica del turno avisa que ya les toca,
interrumpe el nuevo engorro que acaba de surgir con los problemas de la
vivienda en Cuba. David se excusa para ir a que digan cuál mesa les
corresponde. Al minuto regresa, comen algo del Ultimate Nacho, toman lo que
resta de las cervezas y van hacia el lateral izquierdo. El artefacto Hops
marcha con la precisión de un reloj suizo. Hasta el murmullo de las
conversaciones, el fondo rock, y los pedidos, parecen parte del
performance.
David, solícito, en cuanto se acomodan reparte la carta de ofertas. El
trío, además, se entretiene lanzando la vista hacia las mesas donde ya
disfrutan los platos, trata de identificarlos contra los nombres,
imaginarse el sabor por el aspecto, jugar a una sabrosa elección. Fernando
sabe que el tema —las municiones— no deben agriar el placer de la cena, el
orgullo que su hija siente al invitarlo ella, al pagar ella y su esposo la
comida de papá...
La camarera es dominicana, debe llevar unos cuantos años en la emigración
porque su inglés, al menos el de atender la clientela, no es el común
espanglish de Miami, de la sagüecera cubana entreverada con
centroamericanos y caribeños. Sonríe, pero el trío se da cuenta enseguida
que así se lo enseñaron, se lo exigen de campana a campana, hasta el último
consumidor de la noche. Marta se decide por un Chicken Caesar Salad y David
por un Jamaican Top Sirloin. Fernando lee las características del Grilled
Shrim Pasta: Large gulf shrimp, seasoned and grilled, then tosted with
fresh linguine in a white wine garlic cream sauce. Topped with fresh grated
Parmesan cheese. Served with toasted garlic bread. Y sin pensarlo más pide
uno. Los tres ordenan la misma cerveza Lightning Bold Gold, más ligera,
ideal para la comida, y de aperitivo un Hops Stickers.
En la mesa contigua una pareja de medios tiempos discute a todo volumen —en
melódico castellano guantanamero— el exceso de gastos que las tarjetas de
crédito le han recordado con la calidad de un seco gaznatón, con la fuerza
de la base norteamericana en la bahía de su pueblo natal, con el peligro de
un terremoto. Más allá, en la de al doblar, un grupo de jóvenes nativos ríe
y pide otra ronda de Hammerhead Red. Ahora es música country la que se
expande por la atmósfera del restaurante, la que relaja las tensiones del
hambre cuando la dominicana ya viene de regreso con las jarras espumeantes
y la ración de los seis rollitos asiáticos:
—Hops Stickers ser chupar dedo.
—¿Cuál será la cocina yanqui?
—Hamburger y Hot-Dog, ¿no? Y los frijoles colorados con salsa medio
dulzona... ¿El Hot-Cake con sirope de Maple? ¿Bacon, sandwich, grilled
chicken, ham and egg?
—Yes, señor. Comer nuestro. Sabriosa, sabriosa.
—En realidad no tienen nada propio. Dicen que en el planeta sólo hay tres
cocinas: la china, la mexicana y la francesa... Las demás son variaciones,
y la de aquí más que ninguna, aunque tiene una rara capacidad para
tergiversar las recetas con Catchup y mostaza, queso sintético derretido y
guarnición de papas fritas hasta para unas papas rellenas.
—¡Ay, papi, eres tremendo!
—Por favor, no me malinterpretes, hay platos deliciosos. La combinación de
Coca Cola con hamburger es muy rica.
—¡Rica! Lunch preferida. I like trabajo todos días Mc Donald's. But Marta
llevar lunch yogourt, ensalada. No engordar.
—El bobo este no respeta mi dieta. Ya le he dicho que los Mc Donald's son
para un fin de semana, un domingo... Imagínate, me pondría como una vaca
lechera. Grasa por donde quiera, manteca y manteca. ¡No, mi amorcito, de
eso nada! A nadie le conviene, sube el colesterol, acumula tejido adiposo.
Después es más difícil bajar. Aquí se pasan la vida inventando planes
dietéticos, pero es porque no se aguantan la boca. ¿Te has fijado en la
cantidad de gordos que hay?
—Pero la mayoría son los de origen latino y los negros, parecen que han
pasado más hambre.
—Hambre. Llegar comida pronto. Okey?
—Papi, aquí nadie pasa hambre, eso es por allá abajo.
—Sí, pero tienen menos cultura y menos dinero para frutas y vegetales.
También hay un hambre psicológica, que no se borra fácil, que se puede
arrastrar como los gallegos que llegaban a Cuba, felices de atiborrarse de
una garbanzada en pleno agosto, abarrotada de chorizos, morcillas, lacón...
—¿Y ahora?
—Ahora llega el pedido, ¡mira a la dominicana cómo se acerca con la
bandeja!
—¡Dios mío! Sabriosa.
—Sabroso, David, s-a-b-r-o-s-o. Papi, no te dé pena corregirlo, así mejora.
—Es que... Bueno, no estamos en un aula, la conversación se volvería muy
pesada.
La camarera coloca los platos sin que la sonrisa desaparezca un segundo de
su boca, pregunta si todo está bien y se retira con la misma agilidad con
que arribó. Marta mira y huele su Chicken Caesar Salad, David su Jamaican
Top Sirloin. Fernando su Grilled Shrimp Pasta. El trío intercambia una
mirada cómplice, revisa el instrumental quirúrgico y se enfrasca, con una
decisión de huestes mongolas, en la apetitosa batalla contra sus
alimentos..
Comienzan los elogios del pollo, del bistec y de los espaguetis con
camarones. Fernando exalta la textura de la salsa blanca, pero cuando se
pregunta por qué en la Cuba de ahora son incapaces de lograr algo siquiera
parecido, sus dudas se van al tema que lo viene obsesionando desde que
planificó el viaje: "¿Por qué la compleja realidad cubana de fin de milenio
recibe día tras día latigazos inmovilistas de diversas procedencias? ¿Por
qué la batalla entre los revolucionarios y los restauradores, a despecho de
la crisis espiritual y material del país, llegará al año 2000?" Saborea e
identifica el queso Parmesano y el vino blanco de la salsa fabulosa, y
reflexiona: "Claro, la polarización favorece los carriles: la filosofía
política conservadora, antivitalista, que forma dos surcos contrapuestos e
interdependientes, tan anacrónicos el uno como el otro". Y se pregunta:
"¿Cómo evitar que los revolucionarios y los restauradores alimenten las
angustias y sufrimientos, encabezados por la existencia de insiliados y
exiliados, la indefensión fatalista, la provisoriedad de la vida diaria,
el choteo como placebo?"
Marta y David le sonríen con la satisfacción de ver cómo avanza
por los espaguetis, y Fernando razona: "Cada carril rueda contra el tiempo
sobre creencias, no sobre ideas. El diálogo es ajeno a las vías férreas.
Tienen un pensamiento unidimensional, paralelo (para-lelos), de barras
metálicas. Los dos carriles posponen el sueño de una sociedad civil, de una
nación unida en la diversidad."
Puntualiza, mientras saborea lentamente uno de los camarones más grandes:
"Bien sabemos los cubanos no sectarios, del insilio y del exilio, que entre
la real utopía enajenante y la real nostalgia enajenante no hay distancia
objetiva. Ambos carriles reaccionarios tienen un tren que los hermana: una
locomotora que necesita la crisis, ir de estación fanática en estación
fanática sin mirar el presente. En el fondo son muy parecidos: sienten y
viven de compararse, de combatirse. El más sencillo análisis abre sus
baúles vacíos de razones históricas que legitimen el presente."
Se da un largo trago de cerveza y razona la necesidad de detener cada
carril en sus filosofías retardatarias. Se dice: "El carril revolucionario
exige cuatro preguntas: ¿No es consustancial al término su carácter
disidente, subversivo, antiestático? ¿Puede una revolución ser permanente?
¿Cómo ser revolucionario dentro de estructuras cerradas y piramidales,
triunfalistas e impermeables a la crítica, fracasadas en el orden
económico? ¿Se puede dirigir un país como si fuera una escuela primaria
gallega del siglo XIX? El restaurador también exige preguntas que lo
descarnen: ¿Son restauradores o retaumaturgos? ¿Cuál 'maravilla'
etimológica existía antes de 1959 que ahora sea imprescindible desempolvar:
una armonía económica y social, un estado de derecho, una verdadera
independencia política? ¿Cómo pretender reparar lo que engendró la
debacle?"
Mientras Marta le alcanza un pancito de ajo, Fernando prosigue: "Las
creencias de uno y otro carril son espejismos, fantasmas, espectros llenos
de virus afectivos, de resentimientos. Sus creyentes adoran una falacia tan
siniestra como la del fin de la discriminación racial, sexual y política
en Cuba. Las masas temerosas siempre de los cambios, confundidas por las
dos élites voluntaristas, permiten la culminación de la racionalidad
arbitraria que viene padeciendo el país desde los capitanes generales
españoles hasta los interventores y embajadores norteamericanos, desde los
dictadores de la república mutilada hasta el trágico juego de hoy. El
fracaso de la potencial unión entre la moral emancipatoria y la
instrumental, sobre bases de un racionalismo sin los sistemas filosóficos
cerrados de la Modernidad, se fundamenta en las flagrantes contradicciones
que los dos neodeterminismos han erigido como dioses".
Fernando comprende que entre ambos carriles hay una unión mal hecha
que remite a un contenido irreal, a una ceguera que apaga la vida al
imponer esquemas obsoletos, metas hacia dos cadáveres: el comunismo y el
capitalismo. Reflexiona: " Martianismo sin José Martí, marxismo sin Carlos
Marx, ideologías sin seres humanos, los dos enemigos no rebasan el
pensamiento desiderativo, la intencionalidad subjetiva de Madame Bovary. De
uno y otro lado hay una teleología llena de aforismos ahistóricos,
sentencias inefables, telenovelas sentimentaloides y consignas para mítines
populistas".
Y añade: "A veces hasta los menos apasionados, por un curioso
mecanismo psicológico de autojustificación que les pasa inadvertido,
tienden a distorsionar hechos históricos o fenómenos tan evidentes como la
transnacionalización de las inversiones, la globalización electrónica, el
auge del eclecticismo crítico en el pensamiento actual...El error es
plausible: la meta los hipoteca, los vuelve estúpidos. Están estupefactos,
y así no puede pensarse. La descontextualización acrítica impide la
coherencia, un mínimo de lógica dialéctica o formal".
Se da cuenta, bocado tras bocado, que entre más Grilled Shrimp Pasta
come, más profesoral se vuelve su análisis. Pero no puede evitar otra
parrafada de esa especie: "Dos abstracciones, sin embargo, vician mi
opinión. La más importante es de orden ético. Mi generalización supone una
honradez que está muy lejos de existir, sobre todo en algunos de los
grupúsculos que manejan las locomotoras. La inmoralidad no es, óbviamente,
un sofisma. Las máscaras, sea por cobardía o por oportunismo, se suceden
como en la tragedia griega. La soberbia de creerse dueño de la verdad, y la
consecuente represión de brujos y brujas, es tan desvergonzada como robar
la hacienda pública o entregar el país a negociantes inescrupulosos. La
segunda abstracción es una insolencia: no puede compararse un carril que
detenta el Poder con otro que lo ha perdido... La amenaza de un baño de
sangre, el peligro neocolonial o la ferocidad de estar recibiendo ahora
mismo, combinadas, las 'bondades' del comunismo a la soviética con las del
capitalismo periférico, no son entelequias. Tampoco lo son la vicisitudes
diarias en la abrumadora mayoría de los hogares y el consecuente espejismo
emigratorio, la trágica división de las familias, la sobresaturación de
discursos envejecidos, el rompimiento de la relación entre estímulo y
trabajo, la sensación de no tener acceso a las decisiones verdaderamente
importantes para el país..."
Y se dice: "Un tercer carril es previsible cuando desaparezcan, quiera
Dios que pacíficamente, los fanáticos de hoy. Será una tecnocracia
enceguecida ante la electrónica y la globalización, ante un nuevo sentido
del progreso indiscriminado que esconderá la trivialización de la cultura y
de la educación, la depredación ecológica, el funcionalismo descerebrado.
Va a tener una cabeza menos visible, por ello será más peligrosa. Pero su
objetivo es parecido: convertir al hombre en masa, vaciar la vida de
opciones, crear necesidades falsas, impedir el pensamiento crítico que se
oponga a la resignación computarizada. Ello también impele a liquidar los
carriles viejos, arterioscleróticos. Mientras más nos demoremos, más
indefensos estaremos ante el tercer carril".
Fernando verifica que debajo de los tres está la dramática Cuba de
hoy. Se esperanza entonces con la idea de que ni el primer carril tiene
vocación tanática, ni el segundo coraje, ni el tercero maduración. Deduce
que la ratonera no es perfecta porque muchos de los revolucionarios y
restauradores, comienzan a titubear, sobre todo los jóvenes; y por razones
evangélicas los cristianos que sueñan con la idea de que 'El amor todo lo
puede'; y por razones de discriminación los negros, las mujeres, los
gays... Se dice: "Es un excelente signo de inteligencia contra sus propias
cúspides, contra sus prejuicios y quimeras. La realidad radical, la vida
cotidiana e individual, también a ellos les pega duro. Los carceleros, como
siempre, también están presos. La abrumadora mayoría de los cubanos ansía
el fin de los dos carriles, desde la urgencia de no convertirnos en
estatuas de sal por mirar hacia atrás, por no saber perdonar o
arrepentirnos, abrazar al prójimo..."
Las preguntas también se enredan en el tenedor que trata de apresar los
espaguetis: "¿Seremos capaces de sacudirnos los carriles? ¿Podremos mitigar
la crisis, pensar sin líneas férreas, sin Masa y Poder? ¿Qué nos impide un
análisis más poroso, desenfadado, abierto? ¿Podremos conjurar el desaliento
y el desentendimiento de los pinos nuevos? ¿No hemos tenido desde finales
del siglo XVIII una élite insobornable y lúcida que ha sabido resistir a
las élites arbitrarias, rasguñar la piedra, soñar con la feliz unión entre
emancipación y bienestar? ¿El hombre vital, existencialmente consciente, no
se merece cada uno de los riesgos? ¿No es cierto que ni la fruta esta
madura ni el planeta es el mismo, ni todos los pasajeros creen en sus
locomotoras ni los carriles llegan a paradero alguno? ¿No es obvio que Cuba
y la Noche tienen que dejar de ser nuestras dos patrias, que debe
favorecerse por todos los medios posibles el diálogo entre todos, sin que
la polarización entre los carriles sectarios hipoteque las perspectivas?"
David interrumpe de pronto las enredadas cavilaciones de su suegro. Se
percibe cuánto esfuerzo ha pasado para hilvanar la frase:
—Estar parecer usted otra parte.
—El es así, se va de onda a cada rato... ¿Verdad, papi?
—Estoy disfrutando tanto esta salsa con los espaguetis, los camarones, que
les parezco ido, pero nada de eso, aquí mismo... Ustedes dos dan la misma
impresión con su pollo y su bistec. ¡Disfruten! ¡Sabroso!
—¡Sabroooso!
—Ahora sí lo dijiste bien. Okey.
Cada uno vuelve a sus labores comestibles y Fernando, casi sin quererlo,
completa la idea que David le dejara trunca. Se dice: "Al tomarle el pulso
a la realidad cotidiana de los cubanos que vivimos en el país y
simultánemante tener una idea, aunque menos objetiva, de los que conforman
la diáspora, surge un punto de vista donde la esperanza de integración
dentro de una saludable heterogeneidad permite vislumbrar un análisis,
desprejuiciado de verdad, como base tangible para que la repetida frase de
Martí en Nuestra América, 'Con todos y para el bien de todos', deje de ser
letra para mítines de demagogos."
Piensa que podrá escribir un artículo, se ve pronunciando una conferencia,
pincha otro camarón y continúa diciéndose: "A favor de esa perspectiva
puedo enunciar algunos de los juicios y prejuicios que me parece
caracterizan a los de adentro respecto de los cubanos de afuera. Los más
elementales, y por ello generalizados, son los derivados de concebir a los
exiliados como un bloque monolítico donde todos son neoanexionistas,
apátridas, emigrantes económicos... Menos simplistas son los que
consideran que los de afuera ven con lástima a los insiliados, los
subestiman o menosprecian, los ayudan a paliar las pobrezas de todo tipo
para alimentar su autoestima. También los que se infieren de rencores y
cuentas pendientes, de prepotencias y afanes hegemónicos..."
"El hecho de que la abrumadora mayoría de los exiliados se encuentre en los
Estados Unidos de Nortemérica, sobre todo en la Florida, abre otra grieta
muy peligrosa, de carácter geopolítico. Habría que exponer las centenarias
trifulcas entre los dos países y recordar que uno es la mayor potencia
mundial, con todo lo que de Goliat y David genera. Hay consenso en el
rechazo al injerencismo, a leyes que alimentan los carriles sectarios, a
políticos que aún piensan que el Caribe es el traspatio del Imperio. La
paradoja que muchos insiliados observan es que nunca antes Cuba dependió
tanto de aquí, nunca tuvimos el veinte por ciento de la población fuera,
nunca tantas gentes sobreviven en la Isla de lo que les mandan los
familiares y amigos, hasta el propio gobierno recibe los beneficios... El
dilema, por supuesto, tiene demasiadas aristas y matices que son los que
deben profundizarse para extirpar los temores, fundados e infundados, de
que la nación está en peligro."
Fernando enchumba un pedacito del pan de ajo en la salsa que ha quedado en
una esquina del plato y añade: "Otros juicios y prejuicios a considerar
entre los que vivimos en la Isla atañen a los modelos neoliberales de
desarrollo, a los proyectos de cambios drásticos que conducirían a peores
desigualdades, a brutales injusticias. La mirada hacia América Latina ayuda
a este ángulo, porque se ve enriquecida por la proliferación de
corrupciones, capitales golondrinas, cabildeos politiqueros y burguesías
inescrupulosas. Y para qué hablar de las consecuencias que podrían traer
consigo los años transicionales, bajo un incontrolado proceso de
reformas..."
"Las preocupaciones de los funcionarios de nivel superior y medio,
oficiales de las Fuerzas Armadas y del Ministerio del Interior, dirigentes
de las organizaciones de masas, y en general los militantes del Partido
Comunista y de la Unión de Jóvenes Comunistas, conforman otro grupo
complicado, sólo diluible mediante una palabra que nunca en Cuba se ha
pronunciado con fuerza: Democracia, es decir, respeto efectivo a cada uno
de los derechos humanos, saludable necesidad de ponerse en duda, sumar y
restar, dividir y sobre todo multiplicar."
Piensa que en el campo de las ciencias humanísticas y de la literatura y
las artes las contradicciones tienen más de problemas individuales, de
talento personal, como en cualquier otro país o época. "Lo que no excluye
—se dice— la existencia de fenómenos transnacionales que perjudican la
estabilidad y el desarrollo, las instituciones y fundaciones. Además de la
censura y la autocensura, de la propiedad de los medios de comunicación, de
papagayos y ratas."
"Por encima de los juicios y prejuicios de cada sector está la evidencia de
que la mayoría de la población cubana de hoy apenas conoció o nació después
de los carriles en litigio. Los conocen de oídas o leídas: nada más.
Responden a otra escala de valores, tienen intereses distintos, aspiran a
una sociedad diferente. Contra el saludable fenómeno de casi tres nuevas
generaciones poco podrán hacer, por suerte, los carriles apasionados por
construir o deconstruir la historia, los inmovilistas de los dos signos
enajenantes. No hay objetos museables en política, mucho menos en economía.
La desmemoria siempre ha sido de una eficacia contundente, sin necesidad de
luchas generacionales y burlándose permanentemente de los programadores
ideológicos."
"La mayoría de nuestra población nació después de 1959. Desde esa
característica las neurosis que ellos heredan, en las que han sido
maleducados, tienen tratamientos menos severos y con menos
contraindicaciones. Son ellos los que no tienen por qué sufrir errores de
sus padres y mucho menos de sus abuelos. Pedagógicamente es un reto
garantizarles una formación que desarrolle capacidades y habilidades para
la convivencia democrática, y entre más se espere será peor. El evidente
apoliticismo entre adolescentes y jóvenes es un signo de sobresaturación,
útil, pero con la amenaza del conformismo. Sus espejismos a favor de la
emigración como paraíso y sus obsesiones por un consumismo vacío de
espiritualidad nos atañe a todos, con independencia de donde estemos y de
nuestras ideas. Tan sencillo. Tan alarmante" —añade a sus meditaciones
anteriores.
Y concluye: "Favorecer el debate lleva consigo la exigencia de la probidad
intelectual, de una eticidad que tiene en nuestros grandes pensadores su
mejor modelo. Sueño para la Isla Entera evitar los 'no vale la pena', los
'mañana será otro día'; tanto como los desalientos que en el tópico de 'la
culpa ajena' y en la autolástima archivan sus egoísmos. Insilio y exilio,
la más cubana de las aberraciones actuales, merecen un rápido final sin
carriles."
Sacude la cabeza como si tuviera ocupada ambas manos y una mosca le
estuviese revoloteando alrededor de la nariz. Piensa que todo lo que ha
razonado está bajo los efectos de los espaguetis con camarones, que si sus
ideas fueran acompañadas de una croqueta de averigua de seguro que no
serían iguales... Cuando levanta la vista hacia su hija la ve dándole a
probar una masita de pollo a David. El proyecto de artículo o de ponencia
que ha elucubrado torpemente mientras comía el Grilled Shrimp Pasta
comienza a esfumarse. Marta se da cuenta de que la está mirando y le invita
a probar un pedacito de su Chicken Caesar Salad. Fernando acepta achinando
los ojos y acaba de borrar las dispersas reflexiones. Toma un trago de
cerveza para poder apreciar el nuevo sabor sin mezclas con el queso
Parmesano, y cuando abre la boca ya no queda ni un resto de carriles.
—¡Qué bien!
—¿De verdad que te gustó?
—Muy agradable, le dan deseos a uno de venir al Hops todos los días, para
ir probando cada uno de los platos.
—Y ahora vamos a pedir unos postres para rellenar y cerrar arriba. Hay
uno...
—Desserts. I want The Brownie. Is a rich gooey chocolate brownie loaded
with mixed nuts and lots of Hops tasty treats. Topped with real chocolate
syrup and homemade whipped cream.
—Yo quiero lo mismo que David, pero también tienes la Apple Walnut Crunch,
el Homemade Key Lime Pie o un Milk Shakes...
—El pastel de limón debe estar rico, pero bueno, no será la única vez que
vengamos, ¿no? Así que pide tres Brownies. ¡Ahí viene la dominicana!
—Three Brownies, please.
Y mientras la dominicana va en busca de los postres, Fernando, sin
proponérselo, vuelve a la caricatura que acaba de dibujar entre insiliados
y exiliados. Chasquea la lengua en señal de molestia porque comprende que
su análisis está lleno de huecos y precipicios, de argumentos que aún
desconoce... Pero le alegran dos certezas: que sean los jóvenes los únicos
capaces de solucionar los dilemas y que las reflexiones le hayan acabado de
convencer de la decisión que dentro de unos minutos, tras el Brownie, va a
comunicarle a su hija.
—¿Otra vez lejos, papi?
—¡Qué va, esperando ese chocolate!
—Verás.
—Probaré.
—No probar, tragggar. ¿Nuts?
—Nueces.
—Venir camarero.
—Camarera, David, es una mujer, hembra, femenina.
—Gracias Marta, pronto mejor mi español tú inglés.
Una balada rock que interpreta Tina Turner acompaña la ceremonia de los
postres. El trío saborea con entusiasmo, pega las lenguas al paladar para
degustar con mayor precisión. Y ahora sí que Fernando se dispone a rechinar
el tema sobre la mesa del Hops. Termina de comer, mira primero a David,
después a su hija, y dice:
—Marta, perdóname, quizás no sea el sitio adecuado, pero es bueno que lo
sepas desde ahora: Voy a regresar. No es sólo una cuestión de deber,
también es de gusto, deseos... Odio la aberración que nos ha convertido en
insiliados y exiliados, este absurdo sin pies ni cabeza, sin que nada pueda
justificarlo. No sé si es lo más fácil o lo más difícil, no me interesa
juzgar nada. Pero sé que mi sitio está allá, en tu casa. Lo siento, regreso
a Cuba.
En La Habana, Julio y 1999.
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