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LITERATURA CUBANA, 1999 Por JOSE PRATS SARIOL, panelista en ausencia (literatura) de Voces del "insilio", presentado el viernes 8 de octubre de 1999 durante el Congreso de la NACAE/CNH La Asociación Nacional de Educadores Cubano-Americanos y Herencia Cultural Cubana, CUBA: EXILIO Y CULTURA. Leido por la Dra. Rosa Leonor Whitmarch.

Goethe escribió sobre el crepúsculo que "todo lo cercano se aleja". Cuando mi punto de vista se distancie y extrañe, junto con las circunstancias que lo contextualizan, tal vez quede un respeto a la interacción estética entre agón y canon como única certeza de las páginas subsiguientes. Sonrío cada vez que oigo o leo expresiones como "Sin lugar a dudas". Me parecen dictadas por la haraganería o por el fanatismo. Sea pues el alejamiento de lo cercano, como el crepúsculo de la revolución de 1959, la primera sugerencia de esta opinión.

El rizoma que padece la cultura cubana, su anomalía distintiva, es la premisa esencial. Una triste consecuencia de la Guerra Civil Española (trans-terrados) es la palabra que hoy mejor envuelve a los cubanos, sean insiliados (en-terrados) o exiliados (des-terrados). Nos remitimos a una tierra de existencias precarias, que ha pasado del sueño de asentarse en ella a la pesadilla de huir de ella. El prefijo "trans" no sólo indica "paso al lado opuesto" sino también "paso a través de". Identificar nuestro dilema actual, desde luego, resuelve tan poco como las cristianas intenciones de frases como "el amor todo lo puede". La empecinada realidad impone la práctica y la teoría del caos, la rumba y el rumbo.

Fijar los alcances del título supone cierto consenso. Sabemos, sin embargo, que la "aldea global" ha puesto en crisis el concepto de nacionalidad heredado de los iluministas y románticos. Muchos se preguntan si no sería más eficaz hablar de literatura en Cuba, y dejar a la unidad lingüística (la comunidad hispanoparlante) los deslindes decisivos respecto de otras literaturas (de habla inglesa, japonesa, alemana, francesa...). Pero si se constriñe y estriñe el concepto al ciclónico azar de este archipiélago, llegamos a una hipótesis: La literatura escrita en español por cubanos o sus descendientes con independencia de credos, lugar de residencia, poéticas autorales, temas criollos o exóticos... Por supuesto que no son pocas las objeciones a este postulado. Baste esbozar la principal: ¿Qué es lo cubano, la cubanidad, la cubanía?

Al revisar algunos intentos serios por responder a tan difícil pregunta (la mayoría son cápsulas demagogas o placebos geopolíticos) hallo validez en una reflexión de José Lezama Lima, contenida en un artículo publicado en El Diario de la Marina el 14 de enero de 1950. En el primer párrafo dice: "Reuniones y reuniones en lo de Teatro cubano. Primero, una reacción de ventura y timidez ante aquellos que reclaman una metafísica cubana, una novela cubana, un arte cubano, pues cualesquiera de esos deseos marchan acompañados de interrogaciones, de problematizaciones de difícil destejer. Habría que hacer del vivir cubano, hacer en el sentido de hecho por las secularidades, una integración, marcha hacia metas lejanas, y una desintegración, tejido de proliferación inútil que subraya ya su desaparición". Y agrega: "Pero ¿qué es lo cubano? Difícil respuesta, cuando todos sabemos que los pueblos se van haciendo por decantación, y que lo cuantitativo, lo no diferenciado, la sobreabundancia sin nombre y sin motivo, ese inmenso arsenal sobre el cual después la intuición arranca una chispa definida, pueden irnos dando una respuesta".

Casi medio siglo después la idea intemporal ("irnos dando") de Lezama mantiene sus filos. Obsérvese que no se pregunta por una identidad, la da por algo real y en movimiento, vinculada —como afirma más adelante— a la existencia no sólo de un "lenguaje de madurez" (entiéndase calidad artística) sino a que la nación "esté en forma y decisión, tensa y fuerte en sus proyecciones". Aquí, precisamente, está el enorme, abismal problema de 1999: ¿Responde la nación cubana a esas proyecciones?

La respuesta exige no inferir mecánicamente efectos de causas que en la historia poco han influido en los movimientos estéticos, en el surgimiento de creadores talentosos, obras fuertes y movimientos artísticos. Tres observaciones son básicas: La emigración de relevantes escritores ha sido una constante en Cuba desde finales del siglo XVIII, desde José María Heredia hasta Lidia Cabrera y Jorge Mañach, desde Domingo del Monte hasta Gastón Baquero y Eugenio Florit, desde Félix Varela hasta Severo Sarduy y Reinaldo Arenas... ¿Hay que recordar que Martí vivió más años fuera que dentro de Cuba?. En consecuencia —sea una ventaja o una hipoteca— tal sesgo es mejor asumirlo como una característica, quizás derivada del siempre tormentoso supersincretismo caribeño —como sagazmente apuntara Antonio Benítez Rojo en La isla que se repite. La segunda observación implica un deslinde esencial: el cuerpo de ideas y creencias del autor ejerce una exigua presión sobre la calidad artística, sobre el ascenso al canon, más flexible en razón de modas —cuyas causas cada vez son más aleatorias— que de prontuarios ideológicos o catecismos políticos de cualquier signo, como demuestran las obras de Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, Virgilio Piñera, Eliseo Diego, Calvert Casey, Luis Rogelio Nogueras, Amando Fernández, Raúl Hernández Novás... Y por último: Motivos temáticos, localizaciones, jergas folcloristas o inefables sentidos criollos —del choteo al hedonismo sensualista—, no determinan automáticamente los deslindes espirituales o las contextualizaciones. Tampoco conceden fragor expresivo.

Puede convenirse, después de las tres advertencias, en que hoy la nación cubana ni está "en forma y decisión", ni "tensa y fuerte". La crisis de identidad es un fenómeno planetario, pero entre nosotros se agrava por la dramática realidad, favorecida por la miopía prepotente de los sucesivos gobiernos norteamericanos, por la amarga paradoja de que Cuba depende hoy —más que nunca antes en su historia— de los Estados Unidos de América. La sencilla brutalidad de un país descapitalizado convierte la dialéctica lezamiana en indefensión. Nuestra literatura no puede ofrecer más que una fragmentación semejante a la de la familia cubana. Pensar lo contrario no pasa de ser una esperanza tan bovarista como los triunfalismos que niegan la borboteante permanencia de discriminaciones económicas, raciales, sexuales, territoriales... Es obvio que la cultura artística y literaria no flota en un limbo, no puede independizarse —aunque quiera o se aleje— de los circuitos socioeconómicos, educativos y mediáticos. También sería absurdo pensar que es impermeable a fenómenos mundiales como la trivialización de la cultura, la neoliberalista ruleta de las bolsas de valores o la extinción del lector con la misma rapidez criminal con que se está perdiendo ozono o especies, selvas o agua potable.

Sin embargo, el desolador balance refleja el bosque, no los árboles. Cuando afirmo que la literatura cubana en 1999 presenta un panorama fraccionado me refiero al conjunto, no a la existencia y producción de obras valiosas. Es la estructura, el complejo tejido que va desde el creador hasta el lector, quien está enferma. Intentar curarla sólo puede partir de que la nación sea una en la diversidad, plural en su singularidad. Es decir, de cuando desaparezca el monólogo que frena las fuerzas productivas y enajena las relaciones de producción. De cuando la ecumenicidad sea tan natural como la existencia cotidiana de un Estado de Derecho y de una sociedad civil.

Como siempre en nuestra historia, bajo sombras y borrascas empobrecedoras no han dejado de escribirse poemas, cuentos, novelas, ensayos, obras teatrales, críticas y testimonios valiosos. Allá los que se escudan en la autolástima y la culpa ajena. Tanto dentro como fuera del país la producción no ha cesado. Cuatro generaciones de escritores en plena actividad enriquecen los caudales culturales de la fragmentada nación cubana. Ediciones y traducciones, reconocimientos y premios internacionales, estudios y tesis, reflejan el éxito. Por encima de la censura y de la autocensura, del vacío migratorio y de la comercialización banal, han surgido nuevos valores que esperan para conformar una literatura sistémica, de símiles y disímiles resonancias.

Alguna vez Heberto Padilla conjeturó que todos los que permanecemos en el país somos cómplices, en alguna medida, de la situación imperante. Confieso que cuando rechazo la acusación me queda por algún resquicio la certeza de que sería verdad si incluyera —tal vez con mayores culpas— a cada uno de los que han abandonado el país. Pero en 1999, cuando la compleja, traumática y lenta transición iniciada a principios de la década comienza a exhibir su irreversibilidad e impone su marcha, este tipo de análisis huele a viejo, a resentimientos empobrecedores, a estatuas de sal.

Dentro del país la situación de la literatura es muy diferente a la de hace diez, ocho o cinco años. Es usual aludir simbólicamente a un cuento de García Márquez: El Coronel no tiene quien le escriba. Las poéticas autorales, sobre todo la de los jóvenes, nada tienen que ver con el "realismo socialista" y su exacta contrapartida, el "realismo capitalista". No hay caricaturas a la vista. Los motivos íntimos priman con su compromiso individual sobre las ruinas del sociologismo panfletario, las moralejas pedagógicas y los maniqueísmos . Poco a poco se rompe el monopolio editorial. Surgen espacios alternativos, como las revistas e imprentas vinculadas a las iglesias. La censura partidista pierde día tras día a sus propios censores. Las contraofensivas terminan entre viajes a ferias de libros y evidencias de que las cerrazones son insostenibles. Las "batallas ideológicas", el lenguaje militar y las consignas van quedando en los museos. La Ley 88 de febrero de este año —conocida popularmente como Ley Mordaza— es la prueba más elocuente de la desesperación final. Se abren librerías en dólares que venden títulos —expurgados— de editoriales extranjeras. Internet comienza a hacer de las suyas y el correo electrónico rompe el autobloqueo. Muchos insiliados consiguen colocarse en el mercado internacional del libro. Tímidamente se publican textos de autores exiliados y se debaten temas candentes. Se envían inéditos a concursos fuera de Cuba y se colabora en revistas y diarios extranjeros sin demasiado temor a represalias... Asistimos al pataleo del sectarismo anquilosante. Es el comienzo, retrasado y retrasable pero indetenible, de la normalidad.

Avanzamos, también, con la ayuda de los espacios pluralistas que han aparecido entre los exiliados. Pocos repiten la estupidez de que la literatura cubana sólo está en el cementerio, la cárcel o el destierro. Eventos de "La Isla Entera" favorecen la visión unitaria. Intercambios personales, telefónicos o epistolares liman reticencias. Se arrincona paulatinamente a mediocres, fanáticos, oportunistas y demagogos de todas las banderas, aunque la comercialización privilegie a veces la seudoliteratura de aeropuerto (los libros que dejamos en el buzón del asiento delantero), las vanity press sobrevivan publicando libros pagados por el propio autor o sus mecenas; y aquí dentro dinosaurios y sabandijas burocráticos sean promocionados como si fuesen estrellas rutilantes, o las editoriales oficiales no dejen de publicar textos por razones exógenas, de fantasmales valores artísticos.

Quizás el mejor signo hacia la normalización, de la que ya comenzamos a disfrutar las primeras bondades y a padecer sus calamidades iniciales, es el eclecticismo crítico que prima en la espiritualidad de los autores y la consiguiente convivencia de diversas estéticas y tendencias expresivas en todos los géneros, como he estudiado en otro ensayo (Cf. "Poesía cubana hacia el 2000"). La noción de posmodernidad, en tanto rechaza las filosofías "modernas" y su ilusión de "progreso", favorece los análisis fenomenológicos y aguza las herramientas críticas. La defensa del canon occidental —como nos enseña Harold Bloom— estigmatiza las lecturas inferencistas donde la literatura quedaba supeditada a la historia y la sociología, la geografía y la antropología, la psicología y sobre todo la ideología. Mil y un textos —dentro de la hipótesis de lo "cubano"— conforman una literatura controvertida y disímil, que reafirma su transculturada identidad y exhibe sus ángeles y demonios.

Mi reflexión final no resume ni la socorrida esperanza ni la evidencia de cambios. Me parece que el escritor cubano —como el de cualquier otra parte— se enfrenta a la página en blanco cuando el planeta es totalmente fiel a la máxima de que el hombre ha cambiado muy poco en milenios. Pero cuando la llena de signos no puede olvidar que aún está "transterrado" en un rizoma, dentro de una protuberancia que arrastra un pasado tormentoso y un presente incierto. Y entonces no quisiera tener que citar a José Martí —porque de tan manipulado se ha vuelto intocable— para recordar que "el odio no construye".

En La Habana, octubre y 1999.


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