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LA REVOLUCIÓN CUBANA Y SUS ÚLTIMOS ALABARDEROS. Por Carlos Alberto Montaner

INTRODUCCIÓN*

No quedan muchos intelectuales occidentales en las filas de Fidel Castro, Y los que quedan no permanecen junto al viejo dictador por las mismas razones. Alguno, como Günter Grass, que no tiene militancia comunista, parece dejarse arrastrar por una visión esquemática y simplista, que le permite encontrar explicaciones o justificaciones para la tiranía cubana en el hecho de que, aparentemente, se trata de una pobre isla acosada y amenazada por Washington. Otros, como Mario Benedetti o Eduardo Galeano, lo hacen desde un ángulo tercermundista clásico, en el que se trenzan el análisis marxista, el odio a los Estados Unidos, y una minuciosa incomprensión de los verdaderos fenómenos económicos y sociales que afectan a América Latina, y dan origen a la pobreza, la desigualdad y los atropellos que sufre una buena parte de ese atribulado universo.

Por último, hay una pequeña categoría de castristas que, a estas alturas, no son apologistas del régimen, pero mantienen intacta su lealtad por el Máximo Líder. El abanderado de esa extraña militancia antropológica acaso sea Gabriel García Márquez, conocedor a fondo de los males que aquejan al pueblo cubano y de las aberraciones de la burocracia comunista, pero defensor a ultranza de su amigo, el patriarca Fidel Castro, a quien no le parece elegante abandonarlo en la hora postrera de su otoño inexorable.

En el bando contrario, en cambio, la nómina de los intelectuales críticos se ha ido abultando hasta adquirir un peso abrumador. En España, con la excepción de Rafael Alberti, no hay, prácticamente, ningún escritor de prestigio que alce su voz para respaldar al gobierno de La Habana. En Estados Unidos las voces indignadas de escritores como Susan Sontag, Irvíng L. Horowítz o Allen Ginsberg, han hecho inaudibles los aplausos cada vez más desalentados de escritores de la línea de Chomsky. En Francia sólo parecía quedar Regis Debray, pero desde el fusilamiento de su amigo, el coronel Tony de la Guardia, en el verano de 1989, aunque con otros argumentos, pasó a engrosar las filas anticastristas enérgicamente capitaneadas por Fernando Arrabal, B. Henry Levi, Jorge Semprún, J. F. Revel, Ionesco, E. Manet y un larguísimo etcétera en el que no han faltado figuras extraordinariamente populares y queridas, como fue el inolvidable Ives Montand.

Y si en Francia o España el repudio al castrismo es unánime —al extremo de que un escritor como Xavier Domingo no vacila en acudir personalmente a Cuba a auxiliar a los disidentes—, en América Latina es posible afirmar que es casi unánime. Mexicanos de diferente signo ideológico, como son Enrique Krauze y Héctor Aguilar Camim, coinciden, sin embargo, en la condena a Fidel Castro. Lo mismo puede decirse de argentinos como Sábato, Juan José Sebreli o Jacobo Timmerman. A hombres tan disímiles como Jorge Amado, Germán Arciniegas y Jorge Edwards les ocurre algo similar. Afortunadamente, ya pasaron los tiempos en que intelectuales como Vargas Llosa, Octavio Paz, Carlos Rangel, Juan Goytisolo o Plinio Apuleyo Mendoza tenían que enfrentarse a la ira de la izquierda divina por denunciar el arresto, maltrato y humillación del poeta Heberto Padilla. Y ya nadie, desde Bogotá o Lima, responde airado a un demoledor artículo anticastrista publicado en Madrid por Jiménez Losantos, en Barcelona por Alberto Míguez, o en Roma por Valerio Riva, quien es (junto a Laura Gonsalez, esa incansable luchadora por los derechos humanos) el mayor de los expertos italianos en el tema cubano, y quizás por eso uno de los más lúcidos críticos del «Comandante en Jefe» en el Viejo Continente.

LA REVOLUCIÓN CUBANA COMO DILEMA

En todo caso, a ningún lector puede sorprenderle este fenómeno. Castro lleva cuarenta años al frente de su gobierno y su discurso político está totalmente agotado. Tras la caída del muro de Berlín y el desplome de los gobiernos comunistas de Europa, es imposible continuar gritando impunemente en el Caribe «marxismo-leninismo o muerte». Especialmente en un país devastado por el hambre y empobrecido por la ineficiencia de su burocracia administrativa hasta unos niveles increíbles. Lo asombroso, pues, no es que el castrismo esté totalmente desacreditado en los medios intelectuales, sino que aún queden vivos algunos oficiantes de la secta, dispuestos a seguir coreando las consignas de La Habana.

Sin embargo, al margen de ese fatigado debate —Castro, sí/Castro, no— en el que enseguida entraremos, hay un aspecto previo a esta cuestión que merece ser examinado con cuidado para poder llegar a conclusiones válidas: ¿por qué se ha producido este debate? ¿Por qué la revolución cubana se convirtió en el centro de una apasionada polémica que ha dividido a los intelectuales durante unas cuatro décadas? ¿Por qué hay que tomar partido junto a Castro o frente a Castro?

Por una razón de singular importancia: porque «el caso Cuba» dejó de ser un fenómeno político particular, acaecido en una isla remota del Caribe, y pasó a convertirse en un dilema moral con ribetes universales. Algo parecido a lo que sucedió con España entre 1936 y 1939. En aquellos años la Guerra Civil de la Península dividió en dos bandos a los intelectuales del mundo entero: los que estaban con la República —la inmensa mayoría— y los que respaldaban a los insurgentes.

En Cuba, Castro, desde el inicio de la revolución, provocó deliberadamente una situación de esta índole, invitando a la Isla a personalidades como Sartre y Simone de Beauvoir, iniciando desde entonces una suerte de turismo revolucionario, pero no con el objeto de plantear un serio debate sobre las bondades de su sistema, sino para forjar una base de apoyo internacional a cuanto acontecía en el país.

Esto es conveniente destacarlo, porque los intelectuales que apoyan a las dictaduras suelen descansar en la dulce superstición de que ese acto no es más que una manifestación sin consecuencias de cierta manera de pensar, pero eso no es cierto. El comunismo, el fascismo, y todas las tiranías que sistemáticamente han buscado el apoyo de creadores e intelectuales respetados, no lo han hecho por amor al arte o por devoción a los artistas, sino en procura de un elemento de propaganda que les permitiera ahogar las denuncias de las victimas, oscurecer las censuras de los críticos y ocultar los ribetes dictatoriales de esos gobiernos.

Cuando el argentino Oswaldo Soriano, el italiano Gianni Miná —persona del mundo del espectáculo, no de la literatura— o el brasilero Fray Betto apoyan públicamente a la revolución cubana, ese apoyo pasa a formar parte de la supuesta carga de legitimidad política con que cuenta Castro para continuar ejerciendo su despotismo. Ese apoyo, junto a las manifestaciones multitudinarias convocadas en las plazas y parques del país, es el sucedáneo con que las tiranías totalitarias reemplazan la democracia, el multipartidismo, el imperio de la ley y los procesos electorales libres. Ese apoyo de intelectuales extranjeros prestigiosos, y esas movilizaciones masivas domesticadas, son los símbolos con los que se silencian las protestas, se descalifica a la oposición y se justifica toda la revolución. Y esa palabra —toda— no sólo incluye los hospitales y las escuelas (que no necesitan defensores porque son, obviamente, benéficos), sino también las cárceles, los paredones, los ametrallamientos de balseros, la censura del pensamiento, los juicios arbitrarios, la persecución de los disidentes, y el demencial clima policíaco de delaciones, temores y torturas que se vive en el país.

Obviamente, si esos gobiernos tuvieran, efectivamente, legitimidad democrática, e hicieran bien sus tareas, y se pudiera constatar sin coacciones la verdadera voluntad popular, no sería necesaria buscar el respaldo de los intelectuales extranjeros mediante costosas operaciones de public relations revolucionarias, o tratar de demostrar el fervor popular en mítines al aire libre y en consignas repetidas mil veces a través de todos los medíos de comunicación.

¿QUÉ REVOLUCIÓN?

Eso nos precipita a enfrentarnos con un problema que pertenece tanto a la fenomenología como a la política: cuando los defensores de Castro hablan de la revolución cubana ¿a qué se están refiriendo? ¿En qué piensa el arcangélico Fray Beto cuando piensa en la revolución? ¿Piensa en una escuelita rural y unos niños aseados y estudiosos que aprenden el alfabeto cogidos de la mano, o piensa en una familia desesperada que se echa al mar atada a unas tablas para tratar de escapar del horror? ¿Es capaz Mario Benedetti, cuando piensa en Cuba, de pensar en otro Mario, en Mario Chanes, compañero de Fidel Castro en el asalto al Moncada y compañero de Fidel Castro en el desembarco del Granma, lo que no impidió que cumpliera 30 años de cárcel por un delito político que nunca le pudieron probar porque nunca lo cometió? ¿Es capaz Saverio Tutino —uno de los últimos alabarderos de Castro en Italia— de sortear la fascinación que le produce Fidel Castro, entrar en la casa miserable de una familia cubana hambrienta, sin electricidad dieciséis horas al día, sin agua corriente la mitad de la semana, sin esperanzas nunca, y tras ese espantoso recorrido reexaminar entonces la figura de su ídolo a la luz de las pacíficas escenas de la vida cotidiana cubana?

Lo grave, lo terriblemente grave de los intelectuales que aplauden a Castro, es ese esquematismo moral, simplón, desinformado, carente de matices, con el que intentan construir una Cuba que en nada se parece a la espeluznante realidad por la que tienen que pasar los cubanos.

Cuba no es una pequeña y pobre isla del Caribe a merced de las agresiones de Estados Unidos. Es un país del tamaño de Austria y Suiza juntas, que no debiera estar pasando hambre, porque el 80% de su suelo es extraordinariamente fértil, el régimen de lluvias suele ser generoso, y su población apenas pasa de los once millones de habitantes.

No es el de Castro un gobierno tranquilo y laborioso que intenta construir en paz un modelo político distinto al de sus vecinos, sino se trata de una dictadura deliberadamente calcada del viejo modelo soviético, que llegó a poseer el noveno ejército del mundo, cuyos soldados fueron empleados como gurkhas de las más largas guerras de conquista (quince años en Angola y Etiopía) en las que jamás ha participado un país del continente americano.

Esa pobre Cuba de las oraciones de Fray Betto tiene un ejército regular de 325.000 hombres, una implacable policía secreta de más de 75.000 temidos agentes, más milicias de distinto tipo que exceden el millón de conscriptos, mientras los miembros del Partido Comunista forman parte de turbas de asalto, las temibles Brigadas de Respuesta Rápida, que golpean, humillan y acosan constantemente a los disidentes o a quienes se atreven a mostrar su inconformidad con el sistema. Y es verdad que ese gobierno ha sido el blanco de los ataques de la CIA y de sus adversarios políticos, pero sería un acto de cinismo no decir, al mismo tiempo, que durante 32 años, mientras duró el apoyo de la URSS, Cuba fue un nido de terroristas y secuestradores, posada y fonda para guerrilleros del mundo entero, y centro de entrenamiento de todos los movimientos revolucionados que durante tres décadas pusieron en jaque a numerosos gobiernos legítimos de Occidente, primero, coordinados por la tristemente célebre Tricontínental, y luego por el general Piñeiro, «Barbarroja», desde el Departamento de América del Comité Central del Partido Comunista.

Porque los benedetti y los galeano que denuncian las «constantes agresiones de Estados Unidos contra Cuba», jamás han dicho una palabra de las agresiones de Cuba contra la Venezuela de Rómulo Betancourt, que luchaba penosamente por consolidar la democracia tras la dictadura de Pérez Jiménez. Los tutino y los alberti invariablemente quieren presentar la batalla de Cuba como una guerra sin cuartel de Washington contra La Habana, olvidando que el gran esfuerzo subversivo de Cuba, su gran enemigo, fue la democracia latinoamericana: el Perú de Prado, el Uruguay de Pacheco, la Colombia de Barco, la Argentina de Illía y así hasta llegar a la absurda canallada de entrenar costarricenses y jamaicanos castristas para derrocar «dictaduras» que ¡ni siquiera tenían ejércitos!

¿Puede ignorar cualquier persona medianamente informada los vínculos entre la DGI cubana y los movimientos terroristas guerrilleros tales como los tupamaros uruguayos, los montoneros argentinos, el Ejército de Liberación Nacional de Colombia, los «macheteros» puertorriqueños, los «cinchoneros» hondureños, la ETA española y hasta las Brigadas Rojas italianas? ¿Dudan. estos defensores de la pobrecita Cuba de las relaciones entre la revoluci6n cubana, el narcotráfico, Robert Vesco, y cuanto tahur se ha acercado a La Habana a proponer un sucio negocio lucrativo para «combatir el imperialismo»? Cuando Gianni Miná escribió su lamentable libro sobre/con y para Castro ¿se le ocurrió pensar que su admirado entrevistado fue quien transformó en terrorista a un hombre como Feltrinelli, y que fue en La Habana donde aquel confundido editor de ideas marxistas decidió utilizar bombas para cambiar el destino democrático de los italianos e instalar en su país el glorioso modelo político de Cuba, Bulgaria y Albania? ¿No es el cuerpo destrozado de Feltrinelli una metáfora final y definitiva de lo que realmente significa la revolución cubana: muertes absurdas e inútiles, comportamientos irracionales, utopías sangrientas? ¿Tiene más peso, más entidad, para juzgar a la revolución cubana la imagen de los logros —escuelas y hospitales— que la de los destrozos: presos, fusilados, exiliados, miseria, opresión? Examinemos rápidamente unos y otros para llegar a conclusiones.

LA REVOLUCIÓN COMO UTOPÍA

Hay varios puntos de partida en la militancia castrista, pero el más frecuentado es el que tiene que ver con los logros de la revolución. Y lo que nos proponen estos devotos del Comandante puede concretarse de la siguiente manera: «En Cuba, es cierto, hay problemas, pero la revolución ha hecho un descomunal esfuerzo por educar a los cubanos, poniendo punto final al analfabetismo, enviando decenas de miles de estudiantes a las universidades y creando una de las poblaciones más cultas y preparadas de América Latina».

Luego el argumento se extiende al terreno de la salud: «tampoco puede negarse que los índices sanitarios y las expectativas de vida de los cubanos están entre los más altos del mundo». Y enseguida despliegan las estadísticas sobre niños vivos, número de médicos por millar de habitantes y los datos oficiales de la Organización Mundial de la Salud como prueba irrefutable de que la revolución es, fundamentalmente, buena.

Un tercer logro también suele enunciarse como apoyo y justificación de la opción positiva que ellos —los defensores del sistema— han elegido: los triunfos deportivos. Las medallas ganadas en las Olimpíadas y en los Juegos Panamericanos. La lista de boxeadores y corredores triunfantes. «¿No es una proeza —se preguntan retóricamente— que la pobre Cuba, en medio de las amenazas yanquis, sea una potencia deportiva, de la misma manera que es una potencia médica o una potencia académica?»

Como corolario de esos axiomas revolucionarios —que, como todos los axiomas, no necesitan demostración—, el razonamiento se remata con comparaciones selectivas en las que se contrasta el fulgurante panorama cubano con la tétrica realidad de América Latina: «¿Es mejor el gobierno de Castro, con todos sus defectos, pero con jóvenes sanos, educados y atléticos, o el de Brasil, con niños hambrientos ametrallados por la policía por el sólo delito de dormir en las calles?» «¿Es mejor el gobierno de Castro o el de Haití, en el que la esperanza, de vida de los niños, cuando nacen, es veinte veces menor que en Cuba?» Y así siguen, hasta el infinito, las comparaciones con las que los últimos intelectuales procastristas brindan su conciencia ética.

Veamos. Lo primero que se nos propone viene a ser una fórmula moral para enjuiciar a los regímenes políticos que puede enunciarse de la siguiente manera: «a los gobiernos se les debe juzgar por sus resultados en el campo de la educación, la salud y los deportes. Eso es lo que importa. Todo lo demás es secundario».

Bien: de acuerdo con esa regla los intelectuales castristas deberían comenzar una campaña de santificación en favor de Pinochet y una peregrinación anual al Santuario de Taiwán, porque el salto cualitativo dado en Chile y en la antigua Formosa, precisamente en los campos de la salud y de la educación, son notablemente más importantes que los ocurridos en Cuba, entre otras cosas, porque el punto de partida era más bajo. Al mismo tiempo, deberían plantear una campaña de emulación del modelo de gobierno kenyata o etíope, dado que los mejores corredores de fondo del mundo parece que es en África oriental donde consiguen desarrollar sus habilidades con más destreza. Y, ya instalados en ese continente, y guiados por los mismos mecanismos lógicos, los intelectuales castristas muy bien podrían componer odas de salutación al anterior gobierno sudafricano, porque, al fin y al cabo, la esperanza de vida de los niños negros nacidos en Sudáfrica es dos veces más alta que las de sus vecinos angoleños y mozambiqueños.

Probablemente el señor Benedetti, el señor Miná o el señor Galeano no lo hayan advertido, pero cuando reivindican ciertos logros de la revolución para justificar toda la revolución, lo que están haciendo es reiterar un viejo discurso totalitario al que han recurrido todas las dictaduras en este siglo. Franco y Salazar también exigían el respeto universal a cuenta de escuelas, hospitales y represas inaugurados. Mussolini encontraba en la puntualidad de los trenes y en el fin de las huelgas la perfecta coartada del fascismo italiano. Hitler pudo exhibir como prueba de las bondades del nazismo, una impecable red de carreteras, el fin de la inflación y una drástica disminución del desempleo. Lo que equivale a decir que juzgar un modo de gobierno por aspectos selectivamente aislados, es un acto de negligencia intelectual o de debilidad moral en el que no debe incurrir ninguna persona que pretenda vivir bajo la autoridad de la verdad.

Pero si absurdo es el primer axioma de los intelectuales castrista, el segundo es todavía más vergonzoso. ¿Por qué las atrocidades cometidas en Río de Janeiro o en Sao Paulo contra los niños sirven pan justificar el modelo político de Cuba ¿Es que el estalinismo es la única manera de evitar que unos policías asesinos cometan crímenes absurdos? Ni en Montevideo, ni en Buenos Aires, ni en Santiago de Chile, ni en Quito, ni en otras cincuenta capitales es necesario instaurar una tiranía ineficaz y espantosamente represiva para evitar que unos sujetos envilecidos maten niños en las calles. Ese razonamiento es tan absurdo que serviría para pedir la conversión de la Alemania actual al modelo comunista que tenía la desaparecida República Democrática Alemana, con el objeto de impedir que varios miles de «skin heads», estúpidos y agresivos, continúen atentando contra inocentes inmigrantes de origen turco.

¿Por qué estos intelectuales al servicio de Castro empobrecen el debate hasta el extremo de plantear que la única opción frente a la miseria y la brutalidad de ciertas sociedades es la otra miseria y la otra brutalidad que ofrece el socialismo? ¿Es tan difícil mirar, por ejemplo, el caso costarricense, y descubrir una sociedad democrática, regulada por leyes, sin paredones ni exiliados, con índices de sanidad y de escolaridad semejantes a los de Cuba, y en la que no hay «escuadrones de la muerte», ni miseria extrema? ¿No se dan cuenta estos nostálgicos del comunismo, aferrados a Cuba como náufragos de un cataclismo ideológico que los barrió de nuestra época, no se dan cuenta —repito— que los treinta países más prósperos, más desarrollados, más educados son, precisamente, treinta democracias de corte liberal? ¿No han descubierto estos intelectuales, después de tantos años de lecturas y observación de la realidad, que la libertad es el componente básico para la creación de riqueza y para el perfeccionamiento de la sociedad en que vivimos y no un obstáculo pan alcanzar estos objetivos?

Buscar la justificación de Castro en el porcentaje de desempleados en Bolivia o de asesinatos entre los indígenas de Guatemala, es una falsificación de la verdad que debiera escandalizar a toda persona inteligente. En Cuba era perfectamente posible haber logrado avances envidiables en todos los terrenos sin necesidad de recurrir a un régimen de terror y sin enfrentarse en una batalla absurda a los Estados Unidos y al resto de las democracias latinoamericanas.

LA CUBA PRE-REVOLUCIONARIA

AL fin y al cabo, ni siquiera resultaba difícil haber mejorado la salud, la educación y los deportes en la Isla, dado que el punto de partida era altísimo para la época en que Castro tomó el poder. Y no es ocioso aportar ciertos detalles, porque otro de los argumentos recurrentes para apoyar al castrismo consiste en remitirse a la Cuba pre-revolucionaría y mostrarla como una abyecta combinación entre la pobreza de Haití, la barbarie gansteril del Chicago de los años treinta y la corrupción prostibularia de Shangai. Y eso, sencillamente, no es cierto, y basta remitirse a las publicaciones académicas de la época para probarlo.

Según el profesor H. T. Oshima de la Universidad de Standford, en un estudio de 1953, «el ingreso per cápita del pueblo cubano era del mismo orden de magnitud de los ingresos per cápita del pueblo para Italia y la Unión Soviética por Gilbert y Koravis en su Comparación internacional de productos nacionales y capacidad de compra de las monedas, y por Bernstein en Comparación de las economías de los Estados Unidos y la Unión Soviética. En la década de los cincuenta, mientras Cuba tenía 520 dólares per cápita, Yugoslavia y Bulgaria no alcanzaban los 300, mientras China apenas excedía de los 50.

En ese período, Cuba tenía un automóvil por cada 40 personas, y en América Latina sólo la aventajaban ligeramente Venezuela y Puerto Rico, Contaba con un teléfono por cada 38, mientras en México el porcentaje era de uno por 72 y en Brasil uno por 68. En ese entonces ningún país latinoamericano alcanzaba —como Cuba— la cifra de un televisor por cada 25 personas, y ninguno —con la excepción de Cuba— contaba con emisiones a color.

En 1959, cuando Castro toma el poder, el 24% de la fuerza laboral se dedicaba a la industria, mientras que el promedio latinoamericano apenas llegaba al 17. En esa década, en la Isla había una extraordinaria densidad comercial de un establecimiento por cada mil personas, lo que tal vez explicaba que la Isla fuera entonces el primer consumidor de energía eléctrica per cápita en América Latina y el número 24 en todo el mundo.

¿Cómo estaba distribuida esa riqueza? Según el economista (marxista) mexicano Noyola: «los contrastes entre miseria y riqueza son mucho menos marcados aquí. De hecho, yo diría que Cuba es uno de los países, con excepción tal vez de Costa Rica y Uruguay, donde menos mal está distribuido el ingreso en América Latina».

Era cierto. El ecuatoriano A. Díaz, en un estudio publicado en Política (Caracas, 1961), calculaba la clase medía cubana en un 33 por ciento de la población, mientras Goldemberg, citando a los profesores Mac Gaffey y Barnett (1962), afirma que «es indudablemente cierto que ese grupo de ingresos en Cuba era el mayor de Latinoamérica. Esto podría confirmarlo cualquiera que caminase con los ojos abiertos a través de las mejores secciones y viese los nuevos suburbios de la clase media, que estaban brotando como hongos».

En materia educativa y de sanidad, la República precastrista podía exhibir logros tan impresionantes como los que luego reivindicara la Revolución. De acuerdo con el Atlas de Ginsburg, publicado en aquellos tiempos, el nivel de alfabetización de la Isla era del 80%, semejante al de Chile y Costa Rica, y superior al de España. Para una población total de 6.000.000 de personas, en el sector público había 30.000 aulas primarias y 34.000 maestros titulados que le daban clases a 1.300.000 niños, mientras más de 1.000 escuelas privadas educaban otros 200.000 estudiantes. Y según el Anuario Estadístico de las Naciones Unidas (1959) Cuba, Argentina, Uruguay y México ocupaban los primeros lugares en toda Latinoamérica en materia de educación universitaria.

De acuerdo con el citado Ginsburg, entre 122 países analizados: —prácticamente todo el «mundo», en aquel entonces— Cuba ocupaba el rango 22 en materia sanitaria, con 128,6 médicos y dentistas por 100,000 habitantes, por delante de países como Holanda, Francia, Reino Unido y Finlandia. Y acaso por esto la tasa de mortalidad de Cuba era de las más reducidas del mundo (5'8 anuales por 1.000 habitantes; Estados Unidos 9'5), dato que se compadecía con uno de los más bajos índices de enfermedades venéreas, lo que objetivamente desmiente que la Isla fuera un «prostíbulo de los americanos» o de nadie.

LA PRUEBA DE LAS MIGRACIONES

La verdad es otra. En los años cincuenta Cuba era una nación de desarrollo económico medio, desdichadamente sometida a una condenable dictadura militar latinoamericana clásica, con una pujante clase empresarial, situada en el pelotón de avanzada de América Latina, junto a Argentina, Uruguay, Chile y Venezuela. No era Haití ni Bangladesh. Y la más elocuente demostración de este aserto era la situación migratoria del país. En la década de los cincuenta Cuba recibía miles de inmigrantes, mientras muy pocos nacionales abandonaban la Isla por razones económicas. Al extremo de que Fernando Bernal, diplomático de la revolución, cuenta que en 1959, cuando se hizo cargo de las oficinas consulares en Roma, le esperaban 12. 000 solicitudes de italianos que querían emigrar a Cuba en busca de un mejor destino. Ese mismo panorama se podía observar en Galicia y Asturias, regiones de España que a lo largo del siglo XX remitieron a la Isla centenares de miles de emigrantes que marchaban en procura de una situación mejor que la que dejaban a sus espaldas.

Este dato —la dirección del movimiento migratorio— casi nunca tenido en cuenta por los científicos sociales— para juzgar la calidad de una sociedad, suele ser totalmente revelador, porque refleja las complejas decisiones, racionales y voluntarias, de muchísimas personas que tienen que evaluar concienzudamente lo que abandonan y lo que deseaban hasta arribar a la conclusión de que deben cambiar el sitio en el que viven por otro mejor.

Obviamente, no se conocen movimientos migratorios voluntarios en los que la población se desplaza hacia sitios más pobres y menos prometedores. Si a principios de siglo los italianos navegaban hacia Argentina, era porque la nación austral resultaba mucho más próspera, hospitalaria y auspiciosa que la vieja patria europea Pero si a fines de siglo los argentinos vuelan a Italia, es porque Italia tiene hoy un nivel de desarrollo y unas condiciones de vida mucho mejores que los que ofrece Argentina. Cuba, por supuesto, no escapa a esta secreta prueba migratoria. Desde el inicio de la República, en 1902, y hasta la llegada al poder de Castro, Cuba fue una tierra receptora de trabajadores del mundo entero —especialmente de España— pero a partir de la mítica revolución el fenómeno se ha invertido: más de un millón y medio de cubanos ha escapado de ese país por cualquier medio disponible, mientras prácticamente nadie —ni siquiera los más fervientes nostálgicos del comunismo avecindados en Europa Oriental, y Rusia— se anima a instalarse en la Isla. ¿No es ese detalle un valiosísimo elemento para juzgar a la Cuba que ha creado Castro? ¿No es un hecho evidente para cualquiera que quiera juzgar la naturaleza del castrismo y decidir si se trata o no de un «experimento» valioso?

¿HAY REALMENTE UN BLOQUEO AMERICANO?

Pero, al margen de esa valiosa prueba de la emigración, una de las consecuencias más notorias del éxodo masivo de los cubanos hacía Estados Unidos, ha sido la creación en ese país de una poderosa minoría que excede los dos millones de personas de este origen —un millón y medio que se duplicó a lo largo del exilio—, y que hoy cuenta con una pujante fuerza dentro de la estructura de poder americana. Es importante acercarse a este fenómeno para luego poder entender qué es el embargo americano —caballo de batalla de los defensores del castrismo— y por qué se mantiene pese a las incesantes presiones internacionales encaminadas a que sea levantado.

En efecto, esos emigrantes, que llegaron, como casi todos, pobres y desamparados, en el curso de una generación han alcanzado los niveles de desarrollo económico de la clase media americana, y constituyen el grupo étnico hispano más poderoso del país, aunque su número sea inferior al de los mexicoamericanos o al de los americanos de origen puertorriqueño.

Los Cuban-Americans tienen tres representantes en el Congreso americano, y una considerable fuerza en la política del Estado de la Florida, especialmente en el Condado de Miami-Dade, megalópolis que incluye a la ciudad de Miami. Tener en cuenta estos datos es vital para comprender la siguiente afirmación: no existe un bloqueo americano contra Cuba. Lo que existe es un embargo contra el gobierno de Castro, que tuvo su inicio en los sesenta, cuando la revolución nacionalizó sin compensación las propiedades norteamericanas, pero ese embargo hoy sólo se sostiene por la presión que ejerce la población cubana radicada en los Estados Unidos sobre el gobierno de Washington.

Me explico: el mal llamado bloqueo americano, esgrimido con ira por los intelectuales castristas en su afán de justificar los fracasos de la dictadura —ignorando que todo el bloque comunista era un total desastre aun cuando esos países no sufrieran embargo alguno— consiste, en esencia, en una prohibición de comerciar con Cuba que afecta a las empresas americanas. No hay barcos «bloqueando» nada, y cualquier país o empresa que desee comprarle o venderle a Cuba, darle crédito o realizar inversiones en la Isla, puede hacerlo sin otra limitación que la que le dicte su instinto comercial o su sentido común. Eso explica que Cuba deba a Occidente más de ocho mil quinientos millones de dólares, y a lo que fue el bloque del Este más de veinticinco mil, cifra que convierte a la Isla en el país más endeudado per cápita de América Latina. ¿Cómo pueden los Fray Beto de este mundo decir que el Bloqueo americano le cierra a Cuba el camino del progreso o del financiamiento internacional? ¿No será que nadie le presta a Cuba porque desde 1986 —tres años antes de la caída del Muro de Berlín y cinco antes de que terminara el subsidio soviético— Castro había ordenado que no se pagara la deuda externa?

Al mismo tiempo, un recorrido por los hoteles de Cuba, por las tiendas para diplomáticos y por los hogares de los miembros de la nomenklatura, muestra que no hay producto americano inaccesible al gobierno de La Habana cuando decide adquirirlo a través de Canadá, Panamá, Venezuela, República Dominicana o Colombia, «shopping-centers» favoritos de los agentes de Castro en el exterior. Desde Coca-Colas hasta IBM se logran ver con facilidad en cualquier zona de «área dólar» reservada para turistas extranjeros o cubanos privilegiados. ¿Se puede, en serio, hablar de un «bloqueo americano?» Por otra parte, ¿hay algún producto que Cuba necesite que no pueda encontrar en Japón, Europa o América Latina?

No obstante, conviene aclarar que, de la misma manera que es impropio hablar de «bloqueo», también debe desecharse la creencia de que se trata de un castigo americano contra Castro por las confiscaciones ilegales de los años sesenta. Eso pudo ser cierto hasta la década de los setenta, porque hasta entonces la minoría cubana no había cobrado peso dentro de la maquinaria política de Estados Unidos, pero a partir de entonces los cubanos exiliados fueron adquiriendo relevancia y se les fue tomando en cuenta, lo que en Estados Unidos quiere decir que fueron asumiendo una cuota de poder y hoy si hay un castigo, no es de los americanos. Es de los propios cubanos avecindados es Estados Unidos.

¿Cómo han ganado los republicanos las últimas tres elecciones presidenciales en la Florida? Elemental: volcando el 80 % del voto cubano en su favor. ¿Cómo consiguió elevar ligeramente el apoyo cubano el presidente Clinton en los últimos comicios? Mostrándose enérgico contra Castro y apoyando la «Ley Torricelli», una legislación que endurece el embargo, ¿Qué hicieron ambos partidos en las elecciones de 1996? También sencillo: mantuvieron una política dura contra Castro que satisfacía los intereses de los votantes cubanos no sólo en Florida, sino también en New Jersey y en California.

Es obvio: el embargo contra el gobierno de Castro quienes hoy lo mantienen son los cubanos. La clase política norteamericana, pragmática y sabedora de que esas medidas, en la práctica, dada la ruina total del gobierno de Castro, no consiguen gran cosa, salvo servirle a Castro de coartada, seguramente lo hubiera levantado, pero no lo va a hacer porque —como ocurre er el caso de Israel— las razones electorales prevalecen.

Por otra parte, es totalmente comprensible que la mayoría de los exiliados cubanos defiendan la línea dura contra su archienemigo. En el exilio, literalmente, hay decenas de miles de personas que han padecido cárcel o que han tenido que huir en balsas. Muchas de ellas perdieron sus propiedades y todas tuvieron que marchar al destierro sin un centavo en los bolsillos. Abundan las familias en las que hay fusilados, desaparecidos en alta mar o muertos en las absurdas guerras africanas: ¿cómo extrañarse de que esas personas pidan medidas hostiles contra quien les ha hecho tanto daño? ¿No es eso mismo —un embargo comercial— lo que Mandela solicitaba contra el gobierno opresor de Sudáfrica? ¿No era eso lo que demandaba su partido de manera casi unánime, contra el criterio de quienes decían que el embargo perjudicaba al pueblo negro sudafricano? Hay que entender la lógica de las víctimas para poder entender la posición de los cubanos exíliados con relación al embargo. Es probable que el levantamiento del embargo hubiera debilitado la posición política de Castro al privarlo de su excusa favorita, mas para la conciencia de una persona brutalmente herida por los atropellos de una dictadura, esa sutileza suele tener un peso más bien escaso.

LO QUE QUEDA DE CUBA

No habrá, pues, levantamiento del embargo americano hasta que en Cuba se establezca un régimen democrático, situación que provoca la más curiosa de las paradojas: el único hombre que puede levantar el embargo es Fidel Castro. Clinton no puede, porque lo derrotarían en el Congreso, y no quiere, porque carece de sentido político malquistarse con el electorado cubanoamericano por un problema —a estas alturas— escasamente importante de la política exterior americana. Para Washington, Cuba es ya —y lo será por varias décadas— un asunto doméstico americano y no una cuestión de relaciones con el extranjero.

Pero, ¿qué puede ocurrir si en esa Isla, tan cerca y tan lejos de Estados Unidos, no se inicia cuanto antes el tránsito hacia la democracia y hacia otro tipo de organización del estado? Va a ocurrir lo peor: el país se irá empobreciendo cada día más, paralizándose progresivamente, hasta provocar la muerte de una buena parte del censo como consecuencia de la desnutrición y las enfermedades.

La cuenta es muy simple: al desaparecer el subsidio soviético, el cacareado «modelo cubano» se ha hecho totalmente inviable. Los supuestos logros eran una ilusión. Formaban parte de un espejismo creado por las cuantiosas donaciones soviéticas y no por la escasa producción de los cubanos. El régimen castrista, minuciosamente ineficiente, sólo podía subsistir gracias a los generosos sobreprecios pagados por el azúcar, el níquel y los cítricos que los soviéticos le asignaban, mientras le vendían el petróleo a costos preferenciales, y le regalaban hasta más de tres millones de toneladas al año. Ese increíble subsidio —al que Castro se empeña, tozudamente, en llamar «precios justos de intercambio»— alcanzaba la cifra de cinco mil millones de dólares todos los años, y la suma acumulada excede los cien mil millones de dólares. Es decir, una cantidad varias veces superior al monto del legendario Plan Marshall con que Europa despegó tras la Segunda Guerra mundial.

Para sobrevivir con el mismo sistema ineficiente que Castro se niega a cambiar, Cuba necesita aumentar sus exportaciones del actual nivel de 1.700 millones anuales —incluidos los ingresos por turismo— a los 8.200 que tenía en 1991. Pero como ese brusco descenso en sus disponibilidades de divisas le impide importar materias primas y petróleo en cantidades suficientes para seguir funcionando, el país cada vez produce menos, reduce día a día su capacidad exportadora, y limita progresivamente sus posibilidades de comprar en el exterior los 700 productos básicos que necesita, y —entre ellos— más del 50 % de los alimentos que debe consumir y que no genera localmente por la torpeza casi asombrosa del sistema.

Las consecuencias de esta catástrofe económica ya se detectan. En 1990 la desnutrición de los cubanos provocó una deficiencia de vitamina A y una epidemia de enfermedades oftálmicas. En 1992 y 1993, cuando se redujo el suministro de huevos, y el agua con azúcar se convirtió en la fuente principal de energía, le tocó el turno a la carencia de vitamina B y a la aparición del Beri-Beri, con sus secuelas de neuritis óptica y periférica que ya ha afectado a más de 60.000 cubanos, dejando a muchos de ellos parcialmente ciegos o inválidos, mientras Castro continúa en la Plaza de la revolución repitiendo su cruel consigna de socialismo o muerte.

Y tiene razón: sobrevendrá la muerte de miles de cúbanos si Castro no abandona el socialismo, o si la sociedad no consigue sacudirse a este empecinado dictador. El 80% de la población cubana es urbana y las ciudades modernas no pueden subsistir sin electricidad. Cuba hoy es un infierno de incomodidades, hambre, insalubridad, tensiones sociales y desesperación. El sueño de todos los jóvenes es escapar a bordo de cualquier cosa que flote o vuele. El de los viejos es morirse de una vez para no sufrir más, o para no tener que ver el final probablemente sangriento de esta absurda tragedia. «Que terrible dolor —le confesó uno de los jerarcas comunistas a su hija exiliada— haber luchado toda mí vida por una Cuba mejor, por un paraíso socialista, y comprobar, al cabo de la vejez, que he contribuido, a crear el peor de los infiernos». Eso es Cuba. Eso es lo que queda de Cuba. Eso es lo que insensiblemente defienden los últimos alabarderos del castrismo.

 

Copyright © 1999 Carlos Alberto Montaner

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