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LAS GRANDES LÍNEAS DEL SISTEMA POLÍTICO. Por Efrén Córdova

¿CUARENTA AÑOS DE REVOLUCIÓN?

Hablar de 40 años de revolución parece a primera vista una incongruencia. Un suceso revolucionario es por definición un fenómeno violento y brusco que echa por tierra las estructuras preexistentes e instituye un nuevo orden de cosas. En su sentido temporal las revoluciones se llevan a cabo en lapsos relativamente cortos. Crane Brinton en su estudio clásico sobre las revoluciones las asimila a una crisis febril de la sociedad que se nutre al comienzo de grandes esperanzas, conduce a una época de exacerbación y terror y culmina generalmente en una dictadura.1 Para Brinton la revolución cubana era ya en 1964 cosa del pasado («history») si bien reconocía que algunas revoluciones, incluyendo la rusa de 1917, generaban secuelas más o menos importantes2.

Ninguna revolución contemporánea ha durado más de unos pocos años. Ni la francesa que desemboca en el bonapartismo, ni la rusa que, aparte sus secuelas, se diluye en el stalinismo, ni en la América Latina la mexicana que concluye en rigor con la Constitución de Querétaro de 1917. ¿Cómo explicar entonces que la revolución cubana cumpla este año su 40 aniversario? ¿Será un fenómeno único en la historia? ¿Será que Cuba alumbró al fin la revolución permanente de la que hablara Trotski,3 o la revolución en la revolución anunciada por Regis Debray en los años 60, o una nueva revolución cultural de largo alcance a lo Mao Tse Tung? ¿O será que la revolución cubana terminó hace ya algún tiempo y que lo que hoy existe es una movilización tenaz, una apariencia de revolución artificialmente mantenida para justificar el régimen dictatorial de los hermanos Castro?

Es indudable que en Cuba tuvo lugar en 1959 una revolución de ocurrencia y efectos fulminantes. La revolución produjo un cambio político profundo y originó grandes mutaciones económicas, sociales y hasta geopolíticas. Se alteraron incluso el ritmo de vida, las costumbres y tradiciones del pueblo cubano. Cuba vivió durante los primeros años de la revolución a un compás frenético; se sucedían las grandes concentraciones, los desfiles, los ejercicios militares, los discursos y arengas, las consignas y la constante difusión de una espesa retórica revolucionaria. Hasta cierto punto se produjo una ruptura existencial con ciertas normas de la vida pasada. No era sólo la desaparición de la propiedad privada, el cambio en el régimen de tenencia de la tierra, la sustitución de una economía de mercado por otra centralmente planificada y la transformación del ordenamiento laboral. Se iba por el contrario al fondo de la cultura cristiana y el modo de vida de las democracias occidentales, eliminándose la invocación de Dios del preámbulo de la Constitución, fomentándose una educación atea, suprimiéndose las celebraciones religiosas, alterándose las efemérides patrióticas y los textos de historia y echándose a un lado el pluripartidismo y la democracia representativa. Claramente, el movimiento revolucionario se proyectaba más allá de una simple colectivización de bienes para adentrarse en un proceso dirigido a extirpar creencias, tradiciones y valores.

Si no cabían dudas del sentido radical de la revolución, tampoco las había sobre los métodos expeditivos y a menudo draconianos que empleaba. Desde temprano, el régimen de Castro decidió no tolerar divisiones ni disidencias y fueron frecuentes las purgas. A los inconformes se les llamaba gusanos y a muchos se les encarcelaba o se llegaba a su ejecución. Sobre todo en los años 60 la vida del país quedó marcada por una fuerte impronta revolucionaria.

Inevitablemente, sin embargo, se fue mitigando el impulso dirigido a la progresión del extremismo. Hacia 1968 ya el Estado se había incautado de todo lo que era incautable y se habían ido esfumando las áreas ajenas al control oficial. Siguió manejándose una retórica revolucionaria pero no fue posible efectuar nuevos cambios en el ámbito nacional. ¿Qué viejas estructuras era aún necesario derribar y qué nuevas establecer en estos últimos decenios? Los únicos cambios importantes que han tenido lugar recientemente son el abandono de la colectivización a ultranza, la renuncia al monopolio estatal de la inversión y el empleo, el retorno parcial a un capitalismo que tiene incluso rasgos neoliberales, la dolarización de la economía y la discriminación de los cubanos frente a inversionistas y turistas extranjeros.

Que en su condición de revolucionarios profesionales, Castro y sus colegas invoquen de modo casi constante el concepto de revolución parece más bien un reflejo de características de vieja data unido a un esfuerzo obstinado por insuflar aires de rebeldía e insurgencia a lo que en el plano nacional ya agotó su ciclo vital. Algunos ensayos recientes sostienen que el culto a la revolución (entendido ese concepto en su sentido más amplio y no como revolución socialista o comunista), lo que pudiéramos llamar el revolucionismo, ha sido una constante ideológica, una creencia eficaz que moduló la vida cubana durante más de un siglo.4

Es importante advertir, sin embargo, que a lo largo de estos 40 años la revolución cubana ha ido cambiando su faz externa en consonancia con la gradual consecución de los objetivos de sus líderes y las circunstancias del entorno internacional. Castro la calificó primero de revolución humanista o de liberación nacional; en 1961, sin embargo, se proclamó su carácter socialista y en ese mismo año su Máximo Líder confesaba que había sido marxista leninista desde el comienzo; se institucionalizó después ese carácter en la Constitución de 1976 y en el decenio siguiente se pasó por el período de rectificación de errores y tendencias negativas para desembocar ahora en el período especial en tiempo de paz que traduce en la práctica un retorno parcial al capitalismo y una apertura a las inversiones extranjeras. Hoy se sabe, empero, que la inicial apelación humanista y nacionalista no fue más que una estratagema para consolidarse en el poder y que su actual asociación con capitalistas extranjeros no es otra cosa que una medida de emergencia que el régimen se ha visto forzado a tomar para evitar su colapso tras el cese de los subsidios soviéticos. Todo lo cual significa que hay todavía margen para discutir cuáles son las etapas reales por las que ha atravesado el régimen de Castro y cuál es su estado actual. O tal vez para concluir que no ha habido más que una etapa, la etapa de la iniciación, consolidación y salvación in extremis del sistema comunista aunada desde el comienzo a una forma de cesarismo en la que Castro y sus colaboradores han asumido y ejercido a plenitud los poderes públicos. En 40 años el régimen ha experimentado repliegues y virajes de la misma manera que la revolución bolchevique pasó por los períodos del comunismo de guerra, la NEP, los planes quinquenales y la centralización antes de desaparecer en 1991. Mas su naturaleza propia y sus objetivos fueron siempre los mismos e idéntico ha sido su sistema de gobierno.

La revolución cubana nació con el germen del cesarismo en su propio seno. El cesarismo hizo posible la revolución y ésta se subsumió después en esa forma de gobierno. Antes de que asumiera sus títulos oficiales ya Castro era proclamado Comandante en Jefe y Máximo Líder de la revolución. Sus poderes omnímodos, nacidos al calor del vacío político causado por la huida de Batista, se han mantenido intactos a lo largo de estos cuatro decenios y aun fueron revistiéndose de los atributos propios de un régimen totalitario.

Agotado el proceso revolucionario propiamente dicho, lo que subsiste es el sistema establecido alrededor de Castro, sistema que auna los elementos de una doctrina que pretendía instaurar una nueva era en la historia de la humanidad con la vocación por el mando absoluto de quien figura como su máximo dirigente. Castro llegó al poder con una agenda oculta cuya prioridad número uno era perpetuarse en el poder político y detentarlo en forma personalísima y sin sujeción a límite alguno. Sólo esa realización podía satisfacer su ambición y ésta incluso iba más allá de las fronteras insulares.

LA OTRA OSCURA REVOLUCIÓN, FALLIDA O EN CURSO

Los cambios ocurridos entre 1959 y 1976 colmaban los objetivos que hubiera podido tener una revolución nacionalista por ultraradical que fuere. Mas esos cambios pertenecían al orden interno siendo así que disfrazada dentro del escenario insular había otra dimensión no enteramente oculta de la revolución: la dimensión internacional. Es esa otra dimensión la que permite interpretar de otra manera la revolución cubana y explicar su larga duración.

Según esta otra óptica se trata en realidad de un intento aparentemente irracional por convertir esa revolución en el foco inicial de una más amplia revolución a escala hemisférica o aun mundial. No es ésta una suposición absurda ni una fantasía sin base real. Que el Máximo Líder de la revolución mire a lo ocurrido en Cuba como un primer paso hacia un empeño de más vasta proyección es fácil de documentar. Ya antes de 1959 dejó constancia por escrito de su verdadera vocación al revelar que la causa a la que pensaba dedicar su vida, era la lucha contra los E.U.5 Luego, desde los primeros tiempos de la revolución, Castro, su hermano Raúl y Guevara comenzaron sus acciones dirigidas a exportar la revolución. Fueron al comienzo pequeñas expediciones armadas a países vecinos (República Dominicana y Panamá), más tarde la financiación y fomento de las guerrillas en otros países de América Latina, principalmente Colombia, Guatemala, El Salvador, Nicaragua y Venezuela. Sus objetivos fueron además proclamados en documentos de amplia circulación, como la Primera y Segunda Declaración de La Habana. El primero de esos documentos aprobado en septiembre de 1960 exhortaba a los trabajadores de América a rebelarse contra «la inicua explotación de que eran víctimas por parte de los monopolios imperialistas».6 El segundo que data de 1962 proclamaba el deber de todo revolucionario de luchar contra las oligarquías y los consorcios yanquis. Referidas principalmente a la América Latina estos documentos representan un llamado a la insurrección armada y una promesa de convertir a los Andes en una nueva Sierra Maestra.

En 1966 los hermanos Castro dieron un paso más hacia la internacionalización de su revolución al promover la adopción por la Conferencia Tricontinental de La Habana de una declaración en la que se abogaba abiertamente por la revolución mundial. No fue una declaración retórica ni una jactancia hueca pues en su rastro Castro invadió a Angola para salvar al régimen comunista de Agostinho Neto y luego influyó en la orientación socialista del actual Congo y Namibia. Fue en ese mismo decenio de 1960 que Guevara lanzaba sus acciones guerrilleras en Bolivia y Zayre; tropas cubanas participaron en las guerras de Etiopía, Somalia, Siria, Vietnam, Yemen y Zanzíbar. Ya en 1980, con ocasión de la celebración del 26 de Julio, Castro se vanagloriaba de haber sido ya tres países (Cuba, Granada y Nicaragua) los que bajo su inspiración «se habían sacudido el yugo imperialista en las puertas mismas de los E.U.» Y así ha seguido abogando y accionando en pro de la revolución mundial e interviniendo en los asuntos internos de otros países, como sin el menor recato reconoció en 1998 (de cuya declaración sólo el Gobierno de Uruguay tuvo a bien protestar).

¿Quiere decir lo anterior que en su promoción de la revolución tercermundista la revolución cubana sea asimilable o guarde cierta analogía con el trotskismo? Hasta ahora la mayor parte de los observadores coincidían en afirmar que el régimen de Castro era de corte stalinista y ciertamente que su rígida estructura interna, la subordinación del país al partido y de éste al Comandante en Jefe, lo asemejan al sistema que Lenin esbozó y Stalin estableció en la Unión Soviética. En uno y otro país la nación se subsumió en el partido y éste se sometió al líder.

Mas el stalinismo significa también la dedicación prioritaria del régimen socialista al desarrollo económico del país y la consiguiente supeditación (transitoria) del propósito de promover la revolución mundial. Stalin sumergió al país en un esfuerzo denodado de industrialización acelerada, impulsó la modernización y atenuó hasta cierto punto la prédica trotskista de subversión mundial. Castro en cambio echó a un lado en 1964 el programa de diversificación económica e industrialización, hizo retornar el país al monocultivo, atrasó en más de medio siglo el desarrollo y dedicó una buena parte de los subsidios soviéticos y las ganancias del azúcar a financiar guerrillas, enfrascarse en las guerras de África y fabricarse a toda costa una estatura mundial. Stalin instauró una horrible tiranía pero convirtió a su país en una potencia mundial. Castro ha sido también un dictador implacable pero desatendió al propio tiempo el ansia de progreso del pueblo y sumió al país en una profunda miseria. El dictador soviético movilizó a la población para defender al suelo patrio frente a la invasión alemana. Castro puso en pie de guerra al pueblo cubano para librar batallas en tierras de África e inmiscuirse en los asuntos internos de otros países.

La clasificación del castrismo como manifestación típica del stalinismo requiere pues de algunas matizaciones. Mientras Stalin persiguió objetivos que convenían a su condición de comunista georgiano y soviético, Castro procura ante todo adelantar los fines de su propio engrandecimiento aprovechando para ello el potencial que le brindaba la doctrina marxista y la extensión alcanzada por el comunismo internacional. El sistema político ha tenido pues que atender dos revoluciones, la nacional y la internacional, y es esa dualidad de intereses la que, junto al cese de los subsidios soviéticos, explica el gran deterioro de la economía. Ha habido una difusión de prioridades que en definitiva funcionó en perjuicio del pueblo cubano.

Claro que el quid de la cuestión radica en discernir la verdadera índole original de la revolución, lo que algunos llaman su identificación preliminar. Se toca aquí un punto que invita a ser planteado con una tesis provocativa: no hay, no hubo nunca una genuina revolución cubana. Esa revolución es en realidad la revolución de Fidel Castro (y hasta cierto punto de su hermano Raúl). Draper atisbó ésto con singular lucidez en 1962 al poner de relieve la elevada cuota de mito que había en el reclamo de la revolución.7 El pueblo cubano ha desempeñado un papel secundario, unas veces pasivo cuando acogió con beneplácito las promesas e incitaciones de Castro; otras más activo cuando una parte de la sociedad se mostró susceptible a la prédica de odio y se convirtió en auxiliar de la empresa castrista. Sólo conociendo el perfil psicológico de Castro, su elevado cociente intelectual, su afán de poder y su desmedida confianza en sus propias aptitudes, sería posible concluir que el régimen revolucionario es su régimen y que el mismo participa de elementos stalinistas y trotskistas a los que sería justo añadir sus propios componentes.

Estos componentes han consistido principalmente en su liderazgo carismático y en la psicosis de guerra que Castro ha sabido infundir en el pueblo cubano. Agitando el fantasma de una inminente invasión de los E.U., invocando los perjuicios del supuesto bloqueo y manteniendo al pueblo en estado de perenne movilización, Castro ha logrado imprimirle a su gobierno el aire de un Comité de Salut Public parecido al que Robespierre organizó en la Revolución Francesa. Y al calor de ese espíritu belicista ha inducido a los cubanos a integrar milicias u ofrecerse para formar parte de la policía política, les ha movido a cavar docenas de kilómetros de túneles, ha esparcido por doquier sentimientos de odio y diseminado más allá de las fronteras una campaña sistemática de aversión a los E.U.

A pesar de su notoriedad, es curioso que este aspecto crucial de la revolución castrista haya sido sólo someramente tratado por la mayor parte de los cubanólogos. A ellos, así como en general a la prensa de todo el mundo, les ha interesado más el tema de la revolución cubana en sentido estricto. Que Castro se inmiscuya en los asuntos internos de otros países, fomente subversiones y aspire a situarse en la cúspide del Tercer Mundo, es algo hasta cierto punto inconveniente o incómodo ya que desvirtúa la impresión que antes se tenía de la revolución cubana como fenómeno autóctono e insular cuyas causas, circunstancias y finalidades se referían al escenario cubano.

Aun profesores de indudable prestigio incurrían es serios errores de apreciación al juzgar o soslayar este aspecto de la revolución. En 1970 Richard Fagen sostenía que la revolución castrista era una revolución sólo para el consumo interno8 y tres años después Irving Louis Horowitz afirmaba que el gobierno de Castro había abandonado sus veleidades internacionalistas y concentraba su atención sólo en los problemas internos de Cuba.9 Sin embargo, casi a raíz de estas afirmaciones Castro enviaba una fuerza expedicionaria a Angola iniciando así su antes mencionado periplo africano y poco después intensificaba su acción subversiva en América Latina. Otro profesor norteamericano, William Leogrande, sostenía por esos mismos años que en Cuba se estaba produciendo un proceso de desmilitarización;10 fue poco después, sin embargo, que Castro comenzaba el envío de 300,000 soldados a África y algo más tarde su hermano Raúl Castro se vanagloriaba en la revista Bohemia del extraordinario poderío militar que Cuba había alcanzado con la ayuda de la U.R.S.S.11

Es también esta doble dimensión de la revolución la que explica el cambio sutil de actitud de la izquierda hacia la revolución: en tanto que fueron los social demócratas y los socialistas ingenuos los que primero se destacaron en su apoyo al castrismo, son ahora los de la izquierda revolucionaria de la más dura base marxista los que con más energía siguen defendiendo a la revolución. Varían de esa manera los apoyos externos pero el sistema político ha sido siempre el mismo. Castro quiso desde el comienzo llevar a cabo todo lo que ha estado haciendo dentro y fuera de Cuba; sólo esa comprensión permitiría descubrir las claves íntimas de la revolución e inscribirla en un contexto de cierta lógica; sólo esa percepción ayudaría a calibrar hasta qué punto el pueblo cubano lejos de ser protagonista de su famosa revolución ha sido en realidad un simple peón en el tablero internacional que movían Castro y la Unión Soviética.

LA IDEOLOGÍA MARXISTA-LENINISTA

Entre las dos revoluciones -entre la realizada en Cuba y la proyectada para otros países- hay varios elementos comunes, varios nexos indisolubles. El primero de esos nexos es sin duda la ideología marxista-leninista que aún sigue haciendo de Cuba uno de los últimos bastiones del comunismo. Es precisamente esa doctrina la que imprime proyección transnacional a la revolución y la que impulsó las ambiciones de sus líderes tanto de los hermanos Castro como de Ernesto Guevara muerto como se sabe en Bolivia en procura de esos objetivos. El marxismo, concebido como una doctrina de proyección universal que pretendía además explicar toda la historia de la humanidad, se halla presente en ambas revoluciones en forma de conceptualización del sistema sociopolítico a establecer y como fuerza y motivación de la lucha a librar. Opera en primer lugar como factor intelectual que explica la nacionalización de los medios de producción, la planificación de la economía, el establecimiento de la dictadura del proletariado y la interpretación materialista de la historia. Es al propio tiempo el agente emocional que agita y conmueve a los que se entregan a su causa, a los que desean subvertir el orden social.

Es probablemente esta segunda acepción la que más influencia tuvo en la inicial conversión al comunismo de los hermanos Castro. Nacidos ilegítimos, seguramente sufrieron el estigma social que hace 60 o 70 años acompañaba a los bastardos. Subyacente en esa condición se halla el componente de hostilidad y desprecio que es dable detectar desde el comienzo en sus discursos y acciones. La idea de la lucha de clases, la tarea de expropiar bienes y la necesidad de tener siempre un enemigo, son empeños que encajan bien en la personalidad y temperamento de Castro.

El Máximo Líder ocultó sólo al comienzo su filiación marxista y ello lo hizo por razones de conveniencia política; mas, sus acciones fueron siempre consistentes con lo enseñado por Lenin sobre la captura del poder político. Poco importa que su identificación con el socialismo revolucionario respondiera más a las motivaciones emocionales que a las intelectuales. Lo cierto es que ha sido siempre consecuente con ambas vertientes y mostrado ser un defensor apasionado de los principios de esa doctrina. Es cierto que se ha visto obligado a hacer in extremis varias concesiones pero lo ha hecho sin abjurar de sus convicciones y como remedio provisional. En realidad el apoyo que inicialmente obtuvo de una gran parte del pueblo se debió tanto a su carisma personal y a sus disposiciones populistas como al atractivo que el comunismo tiene para los estratos más bajos de la sociedad.

En 40 años todo ello se ha reflejado en la vida institucional y cotidiana de Cuba. La Constitución en vigor (y su antecedente de 1976) no sólo afirma que «Cuba es un Estado socialista de trabajadores»12 y se dice continuadora de los que en Cuba y otros países difundieron las ideas socialistas y fundaron los primeros movimientos marxistas, sino que rinde homenaje en el preámbulo a las ideas de Marx, Engels y Lenin. El código penal ratifica a su vez el propósito de preservar a toda costa el sistema en vigor al prescribir penas severas contra los que «inciten contra el orden social, la solidaridad internacional o el Estado socialista mediante la propaganda oral o escrita o en cualquier otra forma».13 En realidad, toda la estructura implantada desde la organización del Estado hasta el sistema educacional y la forma de retribuir el trabajo responde al ideario marxista. La vida entera tuvo así que conformarse a esa filosofía extraña a las tradiciones cubanas pero impuesta con firmeza desde arriba y difundida después por todos los medios posibles.

Lo más difícil fue desde luego la etapa crucial de implantación del comunismo en la que se hizo necesario utilizar una gran habilidad y mucho doblez. Castro recibió aquí la ayuda inesperada de muchos intelectuales americanos y europeos. El desfile lo inician Herbert Mathews (1959)14 y C. Wright Mills («el gobierno cubano, a mediados de 1960, no es comunista en ninguno de los sentidos que cabe dar legítimamente a esta palabra»15); les siguen Waldo Frank, Leo Huberman, Jean Paul Sartre, Paul Sweeny, Maurice Zeitlin, James O'Connor, Dudley Seers, James Petra, K.S. Karol, Claude Julien, Alfredo Palacios, Rene Dumont, William Appleman, Ward M. Morton y Maurice Halperin, quienes afirmaban en términos más o menos categóricos que Castro no era comunista o que si lo era no estaba al servicio de la Unión Soviética y no representaba peligro alguno para los E.U. Junto a ellos cerraron filas también algunos cubanólogos nacidos en la isla que en una forma u otra mostraron simpatía o benevolencia hacia el líder marxista cubano.

Algunos de estos autores pensaban que el marxismo de Castro no era creíble porque él mismo había reconocido haber leído sólo 347 páginas de El Capital. Sin embargo, aparte de que otras referencias prueban que Castro conocía bien otros libros de Marx, cabría preguntar cuántas son las personas que se hicieron comunistas por haber leído el Das Kapital de Marx, o el Anti-Duhring de Engels o el Estado y Revolución de Lenin. En la mayoría de los casos fueron más bien frustraciones personales o resentimientos sociales o simpatía por las tácticas de enfrentamiento del comunismo las que mueven a una persona a afiliarse a ese partido. Otros sostenían que Castro se había declarado marxista en 1961 para obtener el apoyo de la Unión Soviética, pero olvidan que la ayuda soviética representada por el primer convenio comercial data de febrero de 1960 y que el marxismo de Castro sobrevive a la desintegración del campo socialista.

La historia no ha sido en todo caso gentil con estos intelectuales. Si se fueran a seguir sus diagnósticos iniciales toda la armazón comunista montada por Castro, toda la propaganda ferozmente sectaria, toda la prédica marxista, todas las operaciones dirigidas a exportar la revolución, todo el rigor ideológico aplicado en la isla, todo eso sería producto de una eventualidad, el resultado de una simple torpeza cometida por el Departamento de Estado de los E.U. La revolución en suma sería algo así como un «accident de parcours», una improvisación hecha sobre la marcha, un hecho de azar que ninguno de los protagonistas había antes deseado o concebido.

No es esa desde luego la realidad histórica cubana. Los que hicieron la revolución querían implantar el marxismo y lo lograron a pesar de que los comunistas eran sólo una minoría antes de 1959 y que la aplicación del marxismo ha sido a veces errática a fuerza de ser impetuosa. En cierta ocasión llegó a pensarse en la supresión del dinero y en un Consejo de Ministros se planteó la posibilidad de prescindir del presupuesto de la nación. El marxismo tenía que convivir con un cesarismo rico en decisiones inconsultas. Sin embargo, hasta los años 90 no se produjeron desviaciones en el sentido general de sus principios y los remedios que Castro prescribía a sus propios fallos provenían de la propia cantera marxista.

Lo que en todo caso importa ahora a 40 años del inicio de la revolución es evaluar cuál ha sido el resultado de la implantación en Cuba de la doctrina marxista-leninista. Es evidente que quienes formularon las ideas del socialismo científico o revolucionario pensaban que ellas no sólo estaban determinadas por las condiciones materiales de la producción sino que iban a aportar un gran beneficio a la mayoría de la población. Marx, Engels y el propio Lenin estaban convencidos de la bondad intrínseca del comunismo. Aunque llamaron científico a su versión de la doctrina, no pudieron reprimir una cierta dosis de utopismo en sus predicciones de lo que habría de significar la instauración de su sistema.

Marx, que fue más bien parco en sus referencias a lo que sería la sociedad comunista, ofreció no obstante un cuadro risueño de ella en su Crítica del Programa de Gotha en cuya obra habló de la abolición de las clases, previó la distinción entre la primera fase de la sociedad comunista en la que aún habría defectos y la fase superior en la que «correrían a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva" y aseguró que al abolirse las clases se daría a cada cual según sus necesidades y desaparecerían las desigualdades sociales y políticas.16 Engels al hablar de la organización planificada y consciente de la producción, pronosticó el «triunfo seguro" de la producción socialista y afirmó que se alcanzarían éxitos que «eclipsarán todo lo conseguido hasta entonces».17 En un prólogo escrito en 1891 vaticinó que mediante el aprovechamiento y el desarrollo armónico y proporcional de las inmensas fuerzas productivas ya existentes, con el deber general de trabajar se dispondría por igual para todos, en proporciones cada vez mayores de los medios necesarios para vivir, para disfrutar de la vida y para educar y ejercer todas las facultades físicas y espirituales.18 Lenin profetizaba por su parte con la mayor convicción que «la expropiación de los capitalistas originaría inevitablemente un desarrollo gigantesco de las fuerzas productivas de la sociedad humana».19

¿Se han cumplido esas predicciones en Cuba? ¿Cuál ha sido el resultado real de la implantación del socialismo? ¿Desaparecieron las diferencias de clase? ¿Acaso se ha producido el chorro de riqueza que Marx y Lenin vaticinaban? ¿Se ha desarrollado la economía al ritmo del 15 por ciento de crecimiento anual como Castro y Guevara pronosticaron? ¿Se ha hecho realidad en Cuba el «reino milenario" con el que soñaban los teóricos del marxismo? ¿Se ha elevado el nivel de vida de los cubanos hasta equipararse al de los países más prósperos del mundo como Castro prometió en 1959?20 Responder a esas interrogantes y establecer un inventario verídico de lo que pudiera llamarse el legado de Castro o el saldo del comunismo en Cuba es precisamente el objeto primordial de este libro.

EL ANTIAMERICANISMO VISCERAL

Estrechamente ligada a la anterior característica, está desde luego la actitud hostil del Gobierno Revolucionario hacia los E.U., actitud que impregna no sólo la política exterior sino también la relativa a la gobernación toda del país. Tan fuerte e íntima es esta postura anti E.U. que ella precede incluso a la revolución y se hace presente en el primer acto que Castro lleva a cabo unas horas después del triunfo de las guerrillas -el discurso que pronunció en Santiago de Cuba el 1º de enero de 1959. En ese discurso, cargado de pasión, Castro acusó a los E.U. de haber frustrado las otras revoluciones cubanas y señaló que «esta vez no será como en el 95 que vinieron los americanos y se hicieron dueños del país».21 Luego, en el propio mes de enero, demandó la partida inmediata de la misión militar americana y olvidándose de la abrogación de la Enmienda Platt en 1934 afirmó que los embajadores de los E.U. habían estado rigiendo al país.22

Esos primeros ataques de la revolución continuaron a través de sus diversas etapas. Casi las mismas palabras del 1º de enero se repiten en el preámbulo de las Constituciones de 1976 y 1992; otras similares enardecen sus discursos y resuenan en los foros de las Naciones Unidas y esa política no ha experimentado después alteración alguna.

No es difícil rastrear las motivaciones ideológicas de esa postura. El antiamericanismo, como de modo más general el antiimperialismo, figuran en las primeras líneas del ideario marxista y en particular del leninista. A pesar de que los E.U. no eran todavía en vida de Lenin la primera gran potencia del mundo, ya eran desde entonces blanco de los ataques del líder bolchevique. Fue Lenin en efecto el que con mayor vigor formuló la tesis del imperialismo como fase superior del capitalismo y el que en cierta ocasión calificó al que a su juicio era representado por los E.U. como «el más lozano, el más fuerte, el último que se ha incorporado a la matanza mundial de pueblos organizada para la repartición de los beneficios entre los capitalistas».23

Castro recoge ese legado y lo potencia hasta hacer del antiimperialismo un principio constitucional con especial referencia al «imperialismo yanqui». En realidad, todo ese ambiente de movilización y esa psicosis de guerra que antes se mencionan giran alrededor de la incesante propaganda de odio a los E.U. que la revolución supo difundir. La animadversión de los hermanos Castro es tan profunda y sostenida que uno se pregunta si no se origina ella en una aversión de origen genético, en una antipatía que el padre les inculcó. Tal como se explica en otro capítulo de este libro Angel Castro y Argiz fue un soldado del ejército español que peleó contra la libertad de Cuba24 y que al igual que otros muchos españoles de entonces (y de ahora) sintió la amargura de la humillante derrota que España sufrió en la guerra de 1898. No sería impropio pensar que el militar español trasmitiera a sus hijos sus propios resentimientos.

Es indudable en todo caso que Castro y su hermano experimentaban sentimientos hacia el país del norte que no eran comunes en los cubanos de su generación. Ni siquiera los líderes históricos del P.S.P. compartieron en todo momento ese furor antiyanqui. Ellos se ajustaron a ese respecto a la línea que la Unión Soviética trazaba en sus relaciones con los E.U.; Castro en cambio fue consistente en su contraposición a los E.U. Al único Embajador de ese país que tuvo que tratar en 1959-60, Philip Bonsal, le hizo objeto de desaires y menosprecio. Poco después, el 1º de enero de 1961, tras acusar a sus opositores de ser instrumento de los monopolios imperialistas dio a los E.U. un término de 48 horas para que los E.U. redujera el personal de su embajada en La Habana a once personas, a lo que respondió el Presidente Eisenhower rompiendo las relaciones diplomáticas. El Gobierno de Cuba disolvió también por esa época el Instituto Cultural Cubano-Americano y arreció su propaganda contraria a los E.U. La forma como el entonces Primer Ministro se refiere a los E.U. quedó bien ejemplificada en las siguientes palabras del discurso que algunos años más tarde pronunciaría en el 1er. Congreso del PCC:

«El capitalismo yanqui trajo a Cuba todos sus vicios que se sumaron a los ya heredados de la colonia y con éstos sus hábitos de pensar, su egoísmo desenfrenado, sus costumbres y diversiones, su propaganda, su modo de vida y lo que es peor su ideología política reaccionaria. Dueño y señor de los medios de difusión masiva, los empleó a fondo para mixtificar y aplastar nuestra cultura nacional, liquidar el sentimiento patriótico, conformar el pensamiento político y exaltar el culto a los E.U. A los niños se les enseñaba en las escuelas que ese país era el generoso libertador de nuestra patria. A la época heroica sucedió la humillación y la ignominia».25

Esta cita textual es un ejemplo de los extremos a que Castro puede llegar en su afán de promover el antiamericanismo. No es cierto que los medios de difusión fueran propiedad de intereses norteamericanos.26 Tampoco es verdad que en las escuelas se enseñaba que los E.U. era el generoso libertador de Cuba. En las escuelas y en los textos de historia se decía siempre que fueron los mambises los que nos dieron la independencia. Es asimismo inexacto que el capitalismo yanqui interviniera en la política fomentando una ideología reaccionaria. Los capitalistas extranjeros se limitaban a manejar sus negocios sin inmiscuirse en la política cubana. Que Castro esgrima esas falacias y que sobre ellas estampe las palabras de «humillación e ignominia" pone de relieve el grado de vehemencia personal que el Máximo Líder siempre ha puesto en sus referencias a este aspecto de su política.

La oposición sistemática a los E.U. se trasladó también al campo de la política exterior. En cuantos foros fueron haciendo aparición los diplomáticos de Castro de inmediato se hacían señalar por sus objeciones a los puntos de vista norteamericanos. No importaba la índole del punto sometido a discusión, ellos siempre encontraban el medio de criticar o denostar la política de los E.U. Apelaban a menudo a la solidaridad de los países del Tercer Mundo para recabar apoyos y su insistencia tenía muchas veces éxito. En la propia Asamblea General de las Naciones Unidas, el Gobierno Revolucionario llegó a obtener la aprobación de resoluciones condenatorias de los E.U. También contraatacaban con ardor en la Comisión de Derechos Humanos en la que con la ayuda indirecta del Papa lograron evitar en 1998 las resoluciones que en los siete años anteriores sancionaban a Cuba por violación de esos derechos. No conozco de instancia alguna en la que Cuba haya actuado de acuerdo con los E.U. en la solución de los problemas internacionales. Votaron disciplinadamente al lado de la Unión Soviética mientras ésta existió y luego siguieron pronunciándose en contra de Washington en los años 90. En esas y otras votaciones contaron frecuentemente con el respaldo de otros países latinoamericanos, no obstante haber sido calificados por Castro de representantes de «feroces oligarquías» que actuaban «en bochornosa complicidad con el imperialismo».27 Con referencia a la OEA, cuyo Secretario General Cesar Gaviria se esfuerza ahora por propiciar el retorno a ella de Cuba, Castro se cansó de llamarla Ministerio de las Colonias de los E.U. y en una ocasión habló del «repugnante interés, turbio y podrido de la cínica historia de la OEA con relación a Cuba».28

No solamente hubo así una campaña contra los E.U. que se ha librado de modo constante durante 40 años, sino que ella se ha efectuado con particular agresividad. Esa persistencia en el ataque y ese tono exageradamente ofensivo son otras tantas indicaciones del origen psicopatológico del sentimiento antiyanqui de los hermanos Castro.

DICTADURA DEL PROLETARIADO Y AUTOCRACIA

El sistema político se caracteriza, por último, por la existencia de un régimen dictatorial y autocrático. La concentración de todos los poderes en una sola persona cuya voz se convirtió desde el principio en ley suprema de la nación, es probablemente la constante más pronunciada de estos 40 años de revolución. Esta forma autocrática de concebir la organización política del país es también deudora por una parte de la ideología marxista-leninista y se relaciona por otra con el caudillismo típico de la región.

Los padres de la ideología marxista pensaron que en la primera fase del comunismo habría de existir una dictadura del proletariado en la que ese «aparato especial de coacción que se llama Estado" se utilizaría para someter primero y hacer desaparecer después a los capitalistas. Cumplida esa misión el Estado dejará de existir y «podrá hablarse de libertad». En la concepción marxista la dictadura del proletariado es, por consiguiente, un período transitorio en el que el gobierno sobre las personas es sustituido por la administración de las cosas.29 El Estado proletario está inexorablemente llamado a extinguirse pues su única razón de ser es aplastar la resistencia de los antiguos explotadores; liquidado el antagonismo de clases el Estado se irá adormeciendo hasta su total desvanecimiento. ¿Cuándo se producirá esa extinción? Lenin dice en El Estado y la Revolución que lo que el proletariado necesita es un Estado «que comience a extinguirse inmediatamente».30

Tales pronósticos no se han cumplido en Cuba. En nuestra patria la expropiación de los medios de producción se llevó a cabo de manera incruenta y por simples decretos. Castro aprovechó el vacío político creado por la caída de Batista así como su enorme popularidad inicial para confiscar bienes e imponer desde lo alto su doctrina. Los capitalistas estaban inermes y no ofrecieron resistencia. La dictadura que de hecho fue incubándose a partir de diciembre de 1959 no tuvo pues que emplear todas las «fuerzas de destrucción" vislumbradas por Marx para aniquilar al Estado burgués. El Estado Socialista advino por orden gubernativa de quienes se suponía iban a restablecer la democracia en Cuba. No fue en modo alguno producto de una violenta explosión social.

La destrucción del orden anterior y la introducción del comunismo no había sido la causa por la que se había luchado contra Batista y ni siquiera figuraba en el programa de los anhelos populares de 1959. Una porción substancial del pueblo incluyendo a la mayoría del movimiento obrero estuvo en contra de esas medidas. Fue entonces que la dictadura del proletariado se utilizó no para combatir burgueses o expropiar capitalistas, sino para subyugar a cuantos cubanos de cualquier extracción se mostraran opuestos al castrocomunismo. El nuevo instrumento de opresión bifurcó así sus propósitos y se utilizó para fines no anticipados. No fue una dictadura del pueblo para liquidar explotadores sino una dictadura de los recién estrenados gobernantes contra quienquiera se opusiera a ellos.

No fue ésta la única desviación que se produjo en la teoría de la dictadura del proletariado. Lejos están en efecto de cumplirse las otras expectativas de los fundadores del marxismo sobre el debilitamiento y posterior ocaso del Estado. En Cuba el Estado es cada vez más fuerte y su acción se dirige cada vez con más intensidad sobre las personas, no sobre las cosas. No hay indicio alguno de que tenga siquiera conciencia de su transitoriedad. Aquel deseo bastante ingenuo o utópico de Lenin de que las funciones del gobierno «se ejecutarán por todos siguiendo un turno"31 encuentra su opuesto en la realidad actual del sistema político cubano. La perpetuación de Castro en el poder, su aversión a someterse al juicio libre del pueblo cubano, es precisamente lo contrario de lo que postulaban los padres del socialismo32.

Igualmente significativo es el hecho de que el poder político de esa primera fase del comunismo no está en manos del proletariado, de esa «vanguardia obrera capaz de tomar el poder y de conducir al pueblo al socialismo» sino de un grupo de revolucionarios profesionales de origen burgués encabezados por un líder que se autoproclamó dictador vitalicio.

La dictadura del proletariado se ha ido así diluyendo en una autocracia. Castro utiliza pro domo sua los poderes de excepción que la doctrina marxista atribuía al proletariado para consolidar su ejercicio del poder. Su conducción del país se realiza de modo unipersonal y sin sujeción a control alguno. Sólo su hermano Raúl tiene parcelas propias de poder. En todo lo demás y para el resto de la ciudadanía sus decisiones son úcases inapelables. No importa que a menudo sean caprichosas o equivocadas; todas son acatadas sin el menor cuestionamiento.

Es aquí donde el régimen revolucionario entronca con la tradición caudillística de la región. Es verdad que Castro, erigido en nuevo caudillo, supo envolverse en ropajes ideológicos e insertar su dominación política en el tinglado de una dictadura del proletariado, pero no es menos cierto que los rasgos todos de su gobernación lo asemejan también a cualquier otro dictador típico de América Latina. Como otros de su género, Castro gobierna en forma arbitraria y a menudo implacable. Aun cuando sus muchos títulos incluyen los de Presidente del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros, el Máximo Líder ignora cuando quiere sus propias estructuras de gobierno y se asesora, obtiene información y prepara sus decisiones y discursos por medio de un Grupo de Apoyo (una especie de inner circle) formado por unas 20 personas. Aun cuando los padres del marxismo, enfatizaron la necesidad del «registro, contabilidad, control y transparencia" en las operaciones de gobierno, Castro dispone a su gusto del patrimonio estatal e invierte, transfiere, utiliza o regala fondos públicos según su voluntad. Dos connotados periodistas franceses afirman que Castro dispone de una cuenta especial a su nombre con activos depositados en Suiza, Panamá, México y el Banco Internacional de Cuba.33

Otro punto en que Castro se distancia del gobernante prototípico soñado por sus mentores y se emparenta con los dictadores latinoamericanos es la manera como disfruta literalmente del poder. Lenin vislumbraba al gobernante socialista del futuro como un servidor público «que viviera con el salario corriente de un obrero».34 Castro en cambio es dueño de islas privadas (Cayo Piedras), posee 50 mansiones diseminadas por la isla, tiene uno de los yates más lujosos del mundo (el Tuxpán-Las Coloradas) y viaja con su «entourage» en tres aviones. De esos y otros privilegios se habla también en el capítulo VIII.

Estos son solamente algunos aspectos del culto a la personalidad que el socialismo revolucionario exhibe en Cuba. A Castro se le rinde pleitesía como el hombre fuerte providencial al que no sólo su corte de civiles y militares adulan sin cesar, sino que congresos del partido, asambleas sindicales y reuniones de intelectuales proclaman servilmente el mejor científico, el mejor economista, el mejor navegante, el mejor estratega, el mejor atleta y el mejor estadista. Todos estos calificativos que parecen sacados de la literatura hispanoamericana sobre los tiranos, de Yo el Supremo, del Tirano Banderas, del Señor Presidente o del Otoño del Patriarca, pertenecen también a la realidad actual de Cuba.

EL USO INTENSIVO DE LA PROPAGANDA

Para hacer avanzar la doctrina marxista, infundir rencor hacia los E.U. y sostener y tratar de justificar la dictadura, la revolución ha hecho un uso nunca visto de la propaganda. Tan importante ha sido su papel que de instrumento pasó a convertirse en línea directriz del partido y una de las piedras angulares de la revolución.

No se ha empleado para ello la forma común de atraer adeptos sino un tipo omnicomprensivo de propaganda que empieza con el sistema educacional, abarca todos los medios de difusión (prensa, radio, cine, televisión, internet, etc.) y se extiende a todos los aspectos de la vida del pueblo incluyendo festejos (como el del 1º de enero, 1º de mayo y 26 de Julio), consignas (como la mil veces repetida de socialismo o muerte), actos conmemorativos (como los dedicados al Che Guevara o a cualquier otra figura erigida en mártir de la revolución) y la constante glorificación de la figura de Castro. Otra forma especial de propaganda consiste en dejar de publicar documentos oficiales cuyo contenido no conviene al gobierno que se conozca, como ha ocurrido alguna vez con la Gaceta Oficial y desde 1991 con el Anuario Estadístico de Cuba.

No solamente se hizo obligatoria la enseñanza del marxismo en todos los niveles, sino que se aprovecha cualquier manifestación de la vida oficial o de la actividad de las organizaciones de masas para promover «la formación comunista de las nuevas generaciones».35 El país se vio al propio tiempo inundado por una literatura sectaria e intransigente que llegó al extremo de mutilar algunos libros escritos antes de 1959 los cuales se procedía después a publicar expurgados de cuanto pudiera perjudicar al régimen.36 Segmentos enteros de la historia fueron eliminados de los libros de texto por estimarse inútiles para la formación del hombre nuevo; se tuvo especial empeño en denigrar la vida republicana anterior a 1959 (neocolonia, pseudo república, etc.) a cuyos gobernantes se les señalaba como mediatizados o extranjerizantes; antiguos próceres de la patria se convirtieron en villanos en tanto que personajes anodinos se revistieron de inusitado heroísmo. Dos generaciones de cubanos han sido así formados bajo un régimen totalitario que suprimió la enseñanza privada y se empeñó desde el comienzo en mixtificar la historia y darle justificación a su propia existencia.

Los periódicos han dejado de ser expresiones de la sociedad civil para convertirse en meros portavoces del pensamiento oficial. Actividades que son sin duda plausibles como el impulso dado a los deportes y la industria cinematográfica responden en el fondo a fines propagandísticos. Por medio de la propaganda se ha intentado asimismo deformar el ideario de Martí presentándolo como autor intelectual del ataque al Cuartel Moncada, fuente ideológica de la revolución y gran precursor de la lucha contra el imperialismo yanqui. Se utilizan frases truncadas del Apóstol y se tergiversan sus opiniones, cuando en realidad Martí «no era socialista, ni materialista dialéctico, ni nunca aprobó la lucha de clases ni la dictadura proletaria"37 Y en cuanto a discernir cuál era el juicio de Martí sobre los E.U. habría que ir más allá de la gastada referencia a las entrañas del monstruo para leer íntegramente sus Crónicas Norteamericanas, sólo que éstas son actualmente lectura restringida en Cuba.

El esfuerzo hecho por la revolución ha dado grandes dividendos. Cuarenta años dedicados a divulgar lo que conviene a la revolución y ocultar cuanto le perjudica han producido vacíos y deformaciones en el conocimiento del pueblo. Se comenzó por describir con tonos épicos la acción guerrillera de la Sierra Maestra presentándola como ejemplo de heroísmo y abnegación en la lucha contra un enemigo poderoso. Disimulaban el hecho de que la victoria de los guerrilleros se debía ante todo al hecho de que tuvieron enfrente a una caricatura de ejército profesional y que el derrumbe de la dictadura de Batista se produjo como consecuencia del repudio casi unánime del pueblo. Dos veces (en 1933 y 1952), Batista decapitó al ejército cubano, privándolo de su oficialidad de carrera; carente además su régimen de legitimidad, el ejército que se opuso a la guerrilla era no sólo incompetente sino también una tropa desmoralizada dirigida por una oficialidad en parte corrompida. Con razón se ha dicho que «nunca un ejército de América Latina ha tenido una oportunidad tan fácil para exterminar de raíz un brote rebelde como la tuvo el de Batista».38 La Sierra Maestra no es en modo alguno un baluarte natural inexpugnable; sus montañas más altas han sido escaladas por boy scouts y pioneros. Los expedicionarios del Granma formaban un grupo pequeño que podía haber sido reprimido sin necesidad de movilizar grandes fuerzas. Lo que ocurrió sin embargo es que las fuerzas armadas del gobierno de Batista simplemente no estaban preparadas para enfrentar otro grupo armado. Salvo unos pocos encuentros reñidos el ejército se acantonó al pie de la Sierra y se rindió casi intacto. He ahí la historia real de la pregonada epopeya de la Sierra Maestra.

En estos últimos años la tarea propagandística culmina también exitosamente con la conversión del embargo comercial de los E.U. en un bloqueo ilegal causante único según el régimen de la actual crisis económica de Cuba. El éxito ha sido aquí tan espectacular que en 1998 la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó por 157 contra 2 (y 12 abstenciones) la condena a los E.U. A esa expresión reprobatoria hay que añadir la del Papa quien inexplicablemente condona así a quien estableció en Cuba un régimen ateo. Sin embargo, como se verá en otros capítulos de este libro, el bloqueo existió sólo por unos días en 1962 y el embargo de los E.U., que es una decisión perfectamente legítima (la de comerciar con quien se tenga a bien), no le impide a Cuba adquirir de otros países cuantos productos estime por conveniente.

Entre una y otra campaña publicitaria, entre la «gesta gloriosa" y el «infame bloqueo», el pueblo de Cuba ha estado inmerso en una incesante propaganda. Unas veces se proclaman hasta el cansancio las grandes conquistas, los extraordinarios logros y realizaciones de la revolución, por ejemplo, la atención a la salud y los progresos en la educación (de los que se hablará también más adelante). Otras veces se adulteran los hechos del pasado elevando, por ejemplo, al doble la tasa de analfetismo o los índices de morbilidad. No faltan las ocasiones en que se pondera el uso de la bicicleta o la yunta de bueyes o se atribuyen a factores externos los fracasos del sistema -a «la tormenta del siglo», a la sequía, a los sabotajes, a los efectos de El Niño, a las plagas, a los problemas de la URSS y el cese de los subsidios. (¿Pero no había dicho Castro en 1961 que en 20 años la Unión Soviética estaría produciendo el doble que todos los países capitalistas juntos39 y en 1975 que su confianza en ese país era ilimitada?40). Jamás se reconoce que la causa del declive generalizado del país se debe al sistema impuesto por Fidel Castro. Nadie se atreve por lo demás a echarle en cara sus monumentales errores.

Así ha ido rindiendo frutos la propaganda, ese manejo hábil de la publicidad a la que Castro llamara en una oportunidad «el espíritu de toda revolución». Como Goebbels en Alemania, Castro ha sabido utilizarla a fondo, sin inhibiciones éticas ni respeto por la verdad o los principios. Es probablemente la actividad que con mayor eficacia realiza la revolución.

NOTAS

 

1 Crane Brinton, The Anatomy of Revolution (New York: Vintage Books, 1965), pags. 16 y 17.

2 Ibid, pags. 234 y 269.

3 El término revolución permanente fue primero utilizado por Marx y Engels en carta que dirigieron en 1850 al Comité Central de la Liga de los Comunistas.

4 Julián B. Sorel, Nacionalismo y revolución en Cuba (Madrid: Fundación Liberal José Martí, 1998), pag. 23 y siguientes.

5 Véase la carta de Fidel Castro del 15 de abril de 1954 dirigida a Celia Sánchez.

6 Puede verse el texto de la Declaración en Diario de la Revolución Cubana (Barcelona: Ediciones du Seuil y Ruedo Ibérico, 1976).

7 Theodore Draper, Castro´s Revolution: Myths and Realities. (New York: Praeger, 1962).

8 Richard Fagen, «Revolution for Internal Consumption Only" en Irving Horowitz, Cuban Communism (New Brunswick: Aldine Publishers Co., 1970).

9 Irving Louis Horowitz, El Comunismo cubano, 1959-1979 (Madrid: Editorial Playor, 1978), pag. 60.

10 Citado por Horowitz, op. cit., pags. 86 y 96.

11 Bohemia (La Habana) no. 20, mayo de 1993, pag. B 18.

12 Artículo 1.

13 Artículo 108.

14 Véase The Cuban Story (New York: G. Braziller, 1961), passim. Todavía en 1975 Mathews decía que la alianza de Castro con la Unión Soviética era sólo «un acomodamiento temporal». (Revolution in Cuba, New York: Charles Scribner and Sons, 1975, pag. 387).

15 C. Wright Mills, Escucha yanqui (Barcelona: Ediciones Grijalbo, S.A., 1960), pag. 281.

16 Carlos Marx, «Crítica del Programa de Gotha" en C. Marx y F. Engels, Obras escogidas (Moscú: Editorial Progreso, 1973), tomo III, pags. 15 y 20.

17 Federico Engels, «Introducción a la dialéctica de la naturaleza" en Obras escogidas, op. cit., tomo II, pag. 53.

18 Ibid, tomo I, pag. 152.

19 V.I. Lenin, «El estado y la revolución" en Obras escogidas (Moscú: Editorial Progreso, s.f.), pag. 345.

20 Fidel Castro, Humanismo revolucionario (La Habana: Editorial Tierra Nueva, 1959), pag. 101.

21 El texto de este discurso aparece reproducido en «Informe Central al Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba», Juventud Rebelde (La Habana), diciembre de 1975, pag. 5.

22 Véase Havana Post, 5 de febrero de 1959, pag. 1.

23 V.I. Lenin, «Carta a los obreros norteamericanos» en Obras escogidas op. cit., pag. 475.

24 José Duarte Oropesa, Historiología cubana (Miami: Ediciones Universal, 1993), volumen IV, pag. 17.

25 Informe Central al Primer Congreso del PCC, op. cit., pag. 3.

26 La más grande cadena radial y televisiva, la CMQ, era propiedad de la familia Mestre; otras importantes emisoras eran de Amado Trinidad y Gaspar Pumarejo y las demás pertenecían también a intereses cubanos.

27 Informe central, op. cit., passim.

28 Ibid.

29 F. Engels, Anti-Duhring en Obras escogidas, op. cit., tomo III, pag. 301.

30 Lenin, El estado y la revolución, en Obras escogidas, op. cit., pag. 289.

31 Ibid, pag. 309.

32 Ibid, pag. 307.

33 Jean-François Fogel y Bertrand Rosenthal, Fin de siecle a La Havane (Paris: Editions du Seuil, 1993), pag. 164.

34 Lenin, El estado y la revolución, op. cit., pag. 304.

35 Artículo 39, inciso c de la Constitución.

36 El caso más elocuente, denunciado por Leví Marrero, fue el de la mutilación del libro de historia de Cuba de Fernando Portuondo.

37 Carlos Ripoll, Martí: político, estadista, conspirador y revolucionario (Nueva York: Editorial Dos Ríos, 1977), pag. 143.

38 Ricardo Adán Silva, Cuba: raíces del desastre (Jerez de la Frontera: Gráficas del Exportador, 1971), pag. 175.

39 Revolución (La Habana), 29 de noviembre de 1961, pag. 8.

40 Informe central al Primer Congreso del PCC, op. cit., pag.7.

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